sábado, 10 de marzo de 2018

Solo en casa

Decía José María Valverde, eximio traductor de Ulises de James Joyce, que “todos  vivimos bajo el chantaje de la cultura, del estar al día, de la necesidad moral (o inmoral) de tener alguna idea de lo que pública aquel señor que hasta sale a menudo en la televisión”. Sin embargo, son pocos los que se toman una tregua para releer un libro, aunque ya se sepan la trama y el final del mismo, dejando para después el último best seller de Stephen King. Hace unos días exhumé de un montón de libros apilados en un rincón de mi cuarto Malone muere (Malone meurt, 1951; Lumen, 1969 [Alianza Editorial, 1997, 2012]) de Samuel Beckett, quién por cierto fue secretario de Joyce. En la obra de Beckett, como en la de King, la actividad humana se nutre de su propio infierno. El infierno es lo cotidiano. Hay infiernos sin llamas, infiernos sin haber muerto, infiernos portátiles, infiernillos —como el hornillo de gas butano de camping— a la medida de cada uno; así es el infierno de Malone, un hombre que agoniza solo en casa, y durante su agonía repasa su vida. No obstante, Malone muere no es la historia de un hombre que espera la muerte sino que vive narrando su espera: “Pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto. El próximo mes, quizás. Será, pues, abril o mayo. Porque el año acaba de empezar, mil pequeños indicios me lo dicen. Tal vez me equivoque y deje atrás San Juan e incluso el 14 de julio, fiesta de la libertad. Qué digo, tal como me conozco, soy capaz de vivir hasta la Transfiguración o hasta la Asunción. [...] Moriría hoy mismo, si quisiera, con sólo proponérmelo, si pudiera querer, si pudiera proponérmelo. Pero mejor dejarme morir, sin precipitar las cosas”. El protagonista de Malone muere es un vivo muerto, o un muerto vivo, dispuesto a conservar ante todo su total impasibilidad, su indiferencia absoluta, hasta el último momento. El nombre de Malone puede desdoblarse en ‘m’ —‘m’ de moi (yo), de mort (muerte) y también, sabidas las aficiones escatológicas de Beckett, de merde (mierda)— y ‘alone’ (solo, en ingles). Es difícil comprender la obra de Beckett sin tener en cuenta esta aleación binaria. Como señala el periodista canadiense Michael Harris en su excelente ensayo sobre la importancia de estar a solas, Solitud. Hacia una vida con sentido en un mundo frenético (Solitude. A Singular Life in a Crowded World, 2017; Paidós, 2018): “Beckett sabía más de lo que creía cuando escribió: ‘El nacimiento fue su muerte’. La vida, de hecho, nos mata”.




“Quizá esté en el momento en que vivir es errar en completa soledad al fondo de un momento ilimitado, en que la luz no cambia y los residuos se parecen”.

Samuel Beckett, Malone muere


viernes, 2 de marzo de 2018

Echarse al campo

He aquí uno de esos libros que desde ya mismo no me voy a cansar de recomendar. Está escrito por Edna O’Brien. Puede que, como para mí hace cinco años —cuando se publicó por primera vez en España su ópera prima Las chicas de campo (The Country Girls, 1960; Errata naturae, 2013)—, su nombre no entrañe ningún significado para ustedes, pero después de que lean sus memorias, tituladas justamente Chica de campo (Country Girl, 2015; Errata naturae, 2018), no les resultará fácil olvidarlo, y es que O’Brien es una de esas escritoras que arrastran una legión de incondicionales detrás que creen que “el mundo se construye de pequeñas historias, y no de grandes edificios”, como dijo en cierta ocasión el escritor uruguayo Eduardo Galeano. O’Brien cree firmemente en esta máxima inspiradora, y es por eso que en Chica de campo se pone a recodar las pequeñas historias que han compuesto su vida. Recordar es un arte difícil, de ahí que la autora irlandesa haya tardado 82 años en escribir estas memorias que comienzan con una visita al otorrinolaringólogo para hacerse unas pruebas auditivas, que terminan revelando que tiene el oído como “un piano roto”. ¿Es ella también un piano roto? ¿O, peor aún, una “Mollly Bloom de baratillo” como llegaron a calificarla en la prensa? Estas memorias contestan a estas preguntas tomando como punto de apoyo las diversas etapas de su vida en una pequeña localidad rural del oeste de Irlanda, donde se crió en contacto con la naturaleza y con la cruda realidad: “A muy tierna edad comprendí que yo pertenecía a un pueblo feroz, y que las heridas de la historia eran tan descarnadas y vívidas como las imágenes de los mazos de cartas revoloteados. El Norte era una zona en un mapa, y sin embargo, por la manera que tenían los vecinos de arengar, perdiendo los estribos y lanzándose mutuas acusaciones, sentí que algún día esa región ensombrecería nuestras vidas”. Al igual que en sus novelas y cuentos —reunidos en Objeto de amor (The Love Object: Selected Stories, 2013; Lumen, 2018)—, O’Brien relata con grandes dosis de valentía y franqueza no sólo su infancia y sus inicios como escritora, sino también las vivencias de todas las personas que construyen el mundo: yo; tú; él. Porque todos tenemos una historia que contar. Aunque no lo hagamos tan bien como ella. O’Brien escribe como si algo le reptara bajo la piel, aunque su estilo desprende una constante sensación de calma. Chica de campo es una narración sencilla y poderosa, pero también delicadamente melancólica, como las luces de un pub en una noche fría y desapacible.




“Para escribir me echaba al campo. Las palabras huían conmigo. Escribía historias imaginarias, historias ambientadas en nuestra ciénaga y en nuestro huerto, pero no bastaba, porque yo quería penetrar en ellas, del mismo modo que intentaba volver a la tripa de mi madre”. 

Edna O’Brien, Chica de campo


sábado, 24 de febrero de 2018

El tiempo debe detenerse

En el Libro de Buen Amor de Juan Ruiz, más conocido como el Arcipreste de Hita —para que vean que de algo me sirvieron mis años en la Universidad de Cheste—, puede leerse una frase que dice: “Mensaje que mucho tarda, a muchos hombres demuele”. Es lo que en el refranero popular español se conoce como: “El que espera desespera”. Una expresión que ha resistido el embate de los siglos, pero no tiene por qué resultar cierta, a juzgar por lo que dice la escritora y periodista alemana Andrea Köhler en su delicioso ensayo El tiempo regalado (Lange Weile. Über das Warten, 2007; Libros del Asteroide, 2018), en el que trata no sólo de dar un sentido a la espera en un mundo que exige continuamente velocidad y aceleración, dos conceptos de física estrechamente relacionados pero diferentes —aunque ninguno de los dos nos ayuda realmente a ganar tiempo como saben los hámsters en sus ruedecitas—, sino también de “señalar lo gratificante de la lentitud y la espera”. Para ello la autora recurre a modelos literarios de lo contrario, como “la espera que se agota a sí misma” (El proceso de Franz Kafka) o la búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust: “Proust y Kafka son nuestros testigos privilegiados de la transición hacia el tiempo acelerado”. Para Köhler, la crisis de la modernidad es ante todo y sobre todo una profunda crisis de tiempo. Por un lado, el ahorro objetivo en tiempo ha colonizado nuestra manera de vivir (“las distancias son menores, los espacios más estrechos y las unidades de medida del tiempo, fracciones cada vez más pequeñas”) y, por otro, el acortamiento de los tiempos de espera ha hecho del esparcimiento una palabra obsoleta: “Se trata de un estado que procede de una época en la que el tiempo no tenía límites y sus intersticios aún no se habían sacrificado a fines y objetivos”. Paradójicamente la experiencia esencial es una sensación de pérdida de tiempo, análoga a la inquietud de George Orwell en Un mundo feliz por la pérdida del pasado y de la memoria y la niñez. El tiempo regalado es una brillante y original reflexión sobre la espera, que aúna el análisis literario y el social, el pasado y el futuro, la realidad y la ficción, ofreciendo una perspectiva única y compleja sobre la necesidad de detener el tiempo, como pedía Aldous Huxley el siglo pasado.




“La espera genera temperaturas. Esperamos con el corazón tiritando, o ardiendo de deseo. Pero qué sea eso que duele, calienta el ánimo o nos llena de escarcha, es más difícil de aprehender. Porque la espera es algo imaginario y concreto a la vez: una visión de algo potencialmente real que se oculta”.

Andrea Köhler, El tiempo regalado


domingo, 18 de febrero de 2018

La vida sin intimidad en la era de Facebook

En 2006 a Tom Perrotta le tocó la lotería con el trasvase a la pantalla grande de Juegos de niños (Little Children, 2004), una novela que pasó desapercibida en su momento pero cuyo culto ha ido creciendo con el paso de los años —en España la publicó en 2007 la editorial Salamandra: búsquenla— gracias a su habilidad de volver fascinantes y significativos los pequeños detalles de la vida cotidiana en una pequeña comunidad residencial de clase media. Su última novela, La señora Fletcher (Mrs. Fletcher, 2017; Libros del Asteroide, 2018) constata el salto adelante de un autor que escribe sobre los instantes decisivos que componen nuestra vida con una veracidad punzante. Si en la película El graduado, basada en la novela homónima de Charles Webb, Mike Nichols narraba la experiencia de una relación sexual entre dos personas de muy diferentes edades desde la perspectiva de un joven universitario, Benjamin Braddock, interpretado por Dustin Hoffmann, en La señora Fletcher el observador —o más bien el voyeur— principal es un adulto, Eve Fletcher. Eve es una mujer divorciada de cuarenta y seis años y con un hijo que, en palabras de su autor, desea por encima de todo dejar atrás su viejo yo: “Agarrar todos tus errores y remordimientos y borrarlos de tu vida”. Pero La señora Fletcher no es una novela sobre las carencias y frustraciones de la madurez, o no sólo eso. Aquí también aparecen de manera descarnada las inseguridades y contradicciones inherentes a la adolescencia, con sus connotaciones acerca de la sexualidad exacerbada y la cultura de la violación. Perrotta regresa con una novela contemporánea, con un montón de jerga sobre identidad de género, que entra a saco, desnudándolos, en casi todos los tabúes sexuales, y en la que los personajes no son arquetípicos como en el cine, sino gente corriente, personas que no tienen mensajes para nadie, ni para sí mismas: mienten, traicionan, espían, merodean, lastiman, violentan. Analista perspicaz de las relaciones familiares afectadas por procesos de cambio social y moral, el autor de Lecciones de abstinencia (The Abstinence Teacher, 2007) construye una novela cruda pero impregnada por esa mirada cálida que es consustancial a toda su narrativa. Retrato feroz de las contradicciones en las que ha quedado atrapada una sociedad perdida en su propia búsqueda de placer y solaz, La señora Fletcher confirma la maestría de Perrotta a la hora de poner el dedo en las fisuras de la clase media estadounidense. Un título y un autor llamados a convertirse, al modo de los grandes escritores americanos del siglo XX, en lectura obligada para entender la vida sin intimidad en la era de Facebook.




“No fue tanto la fantasía sexual lo que la echó para atrás, sino la agobiante sensación de familiaridad que había surgido a lo largo de la noche. [...] Podía acostarse con él, incluso enamorarse de él, pero ¿dónde le llevaría eso? A ningún sitio en el que no hubiera estado ya, eso lo tenía clarísimo. Y ella quería otra cosa, algo diferente, aunque estaba por ver exactamente el qué. Lo único que tenía claro era que el mundo era muy grande y ella sólo había rascado la superficie”. 

Tom Perrotta, La señora Fletcher


miércoles, 14 de febrero de 2018

Leyendo a Susan desesperadamente

Qué mejor manera de pasar el Día de San Valentín que leyendo a Susan Sontag, cuyo nombre original era Susan Rosenblatt, pero adoptó el apellido de su padrastro Nathan Sontag porque “sonaba menos judío”, y esperaba que así nadie la molestara más. Contra la interpretación (Against Interpretation, 1966) y El sida y sus metáforas (AIDS and Its Metaphors, 1989) —continuación de La enfermedad y sus metáforas (Illness as Metaphor, 1978)— son, y no descubro gran cosa, dos de los libros más emblemáticos de la ensayista y novelista norteamericana. Con ellos, Sontag inició una carrera ascendente que se vio refrendada en 2000 con el National Book Award a su novela En América, y en 2003 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por el conjunto de su obra. Sin embargo, poca atención ha merecido su narrativa breve, aunque eso va a cambiar a partir de ahora. El sello Literatura Random House acaba de publicar todos sus cuentos reunidos bajo el título Declaración (Debriefing: Collected Stories, 2017), con cuatro cuentos adicionales —Descripción (de una descripción), El muy cómico lamento de Píramo y Tisbe, Un Parsifal y Diálogo entre una descendiente de Noé y un pájaro— que no aparecían en la edición original inglesa preparada y ordenada por Benjamin Taylor. Yo, etcétera (I, etcetera, 1978; 1983, [Debolsillo, 2011]) era el único volumen que hasta la fecha recogía sus cuentos. Declaración viene a demostrar que Sontag supo descender sin esfuerzo de las alturas teóricas del pensamiento contemporáneo para dedicar páginas emotivas a la visita que hizo cuando era una adolescente a Thomas Mann en su casa de Los Ángeles; a su relación con una amiga depresiva, Julia (“La semana pasada me dijo que solo el pan y el café no la enferman”); o a la muerte de su padre, Jack Rosenblatt, cuando ella tenía cinco años. “Murió muy lejos. Al rememorar la muerte de mi padre lo hago más pesado. Lo sepultaré yo misma”, escribe en esa especie de catarsis personal que es Proyecto para un viaje a China. Allí se puede leer también una frase que me impresionó y me sigue impresionando mucho por lo que dice de nosotros como sociedad: “En otro tiempo, China significaba el colmo de los refinamientos: en cerámica, crueldad, astrología, modales, alimentación, erotismo, pintura de paisajes, la relación entre el pensamiento y el signo escrito. Ahora China significa el colmo de la simplificación”. Escritora brillante, iconoclasta y ávida de nuevas formas, en estos cuentos Sontag devuelve la mirada a los pequeños acontecimientos que fundamentan la existencia, incluso a aquellos que, como la irrupción del sida, la han puesto en peligro.




“Hice un viaje para ver las cosas bellas. Un cambio de paisaje. Un cambio de estado de ánimo. ¿Y sabes qué? ¿Qué? Continúan allí. Pero no continuarán allí por mucho tiempo. Lo sé. Por eso me fui. Para despedirme. Cada vez que viajo, es invariablemente para despedirme”. 

Susan Sontag, Viaje sin guía [de Declaración]


sábado, 10 de febrero de 2018

De repente, un extraño

Oscar Wilde dijo que "la vida, la mísera vida, verosímil y sin interés, reproduce las maravillas del arte". También las maravillas del arte (narrativo) puede reproducir la mísera vida, verosímil y sin interés. Es lo que hace la periodista Joanna Connors en Te encontraré. En busca del hombre que me violó (I Will Find You. In Search of the Man who Raped Me, 2016; Errata naturae, 2018), donde relata cómo en 1984 fue privada de su libertad durante dos horas y violada por un extraño que a continuación se dio a la fuga, no sin antes dejarla malherida. Connors tenía treinta años y un sueño: convertirse en una reportera intrépida. La violación le arrebató ese sueño —no el de reportera, sino el de mujer intrépida—, y en lugar de eso le dejó un miedo permanente e irracional. Como dice Nabokov de uno de sus personajes: "Apartó el velo de la fantasía [...] saboreó la realidad". El hombre que violó a Connors, David Francis —negro, pobre, sin educación y con antecedentes penales—, fue detenido dos días más tarde y condenado. Connors había tenido la fortuna de sobrevivir, pero un mundo de sosiego y tranquilidad había desaparecido: "Lo último que me dijo fue: ‘Te encontraré’, y en lo más profundo de mi cerebro primitivo seguía creyéndole. Había estado al acecho, en la oscuridad, todos estos años, vigilándome, esperándome. Seguía soñando con él. Pensaba en él todo el tiempo. Iba a encontrarme. [...] Dijo que me encontraría. Quizá debía ser yo quien lo encontrase a él". Veintiún años después de su violación, liberada de la mordaza del miedo y de la vergüenza, Connors decidió ir en busca de su violador y mirarlo directamente a la cara —"Quería saber cómo lo había cambiado la cárcel"—, pero lo que descubrió la cambió a ella y la manera de ver las cosas. Francis había muerto en prisión en el 2000, víctima de un cáncer, pero también de una sociedad profundamente racista y clasista que prefiere creer que los monstruos no existen antes que asumir la parte que le corresponde en su invención. Si algo deja claro Connors en Te encontraré, una mezcla inteligente de reportaje, memorias y empatía profunda, es que, como dijo André Gide, hay muy pocos monstruos que garanticen los miedos que les tenemos.




"Después de que David Francis me violara, no elevé los puños hacia el cielo y pregunté: ¿Por qué a mí? Ya conocía, o creía conocer la respuesta: era confiada e ingenua. Pero ahora quería la respuesta a una pregunta un tanto distinta: ¿Por qué él?". 

Joanna Connors, Te encontraré


miércoles, 7 de febrero de 2018

Sólo los viajeros acaban

La nueva edición en tapa dura de El entenado (1983; Rayo verde, 2013 [2018]) del escritor argentino Juan José Saer llega justo a tiempo para hacer mejor el crudo invierno a los corazones solitarios. En El entenado, una narración perfectamente introspectiva ("De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia del cielo"), Saer narra las peripecias de un huérfano que está para pocas bromas. Nadie lo está en el contexto donde transcurre la acción de la novela, el viscoso sudario de las expediciones españolas por el Río de la Plata en el siglo XVI. El protagonista se enrola como grumete en una nave capitana para "llegar a esas regiones paradisíacas" donde espera encontrar "toda la variedad mineral, vegetal y animal de la tierra excesiva y generosa”. Nada más pisar tierra es capturado por los indios colastinés, que además de pacíficos son antropófagos y no ven el momento de hincarle el diente como han hecho con el resto de sus compañeros de expedición: "De la carne que iba asándose llegaba un olor agradable, intenso, subiendo junto con las columnas de humo espeso que demoraban en disgregarse hacia el cielo. El origen humano de esa carne desaparecía, gradual, a medida que la cocción avanzaba; la piel, oscurecida y resquebrajada, dejaba ver, por sus reventones verticales, un jugo acuoso y rojizo que goteaba junto con la grasa; de las partes chamuscadas se desprendían astillas de carne reseca y los pies y las manos, encogidos por la acción del fuego, apenas si tenían un parentesco remoto con las extremidades humanas. En las parrillas, para un observador imparcial, estaban asándose los restos carnosos de un animal desconocido".  Pero para su sorpresa, los indios lo mantienen con vida y lo tratan como a uno más —entenado significa hijastro— de la tribu. Todo esto llega al lector sin excesos, sin que Saer cargue nunca la mano en ningún registro. Hay un delicado equilibrio entre lo real y lo maravilloso. Lo primero es necesario para captar nuestra atención; lo segundo trae de su mano a la mejor literatura en general, y a la mejor literatura latinoamericana en particular. Si tuviera que citar tres grandes obras de esta última, serían Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, Rayuela de Julio Cortázar y El entenado de Juan José Saer. Para el que lo lee por primera vez, El entenado es todo un viaje de descubrimiento. Para el que lo ha leído, nunca está de más hacerlo de nuevo, porque "el viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban", como escribió José Saramago.




"No era el no ser posible del otro mundo sino el de éste lo que los aterrorizaba. El otro mundo formaba parte de éste y los dos eran una y la misma cosa; si éste era verdadero, el otro también lo era; bastaba que una sola cosa lo fuese para que todas las otras, visibles o invisibles, cobrasen, de ese modo, realidad". 

Juan José Saer, El entenado


sábado, 3 de febrero de 2018

Alargar la noche hasta perder el sueño

Ursula K. Le Guin ha muerto sin el Nobel. Al igual que Borges, Nabokov o Stanisław Lem, la autora de La mano izquierda de la oscuridad siempre figuró en las listas de candidatos, pero nunca le otorgaron ese honor. Pero ya se ha colado en miles de estanterías de sus contemporáneos, incluso en las de aquellos que leen muy poco, y no debido a una operación de mercadotecnia, sino a que supo escuchar las angustias y las preocupaciones de nuestro tiempo. Todo le era propio y nada le era ajeno. Precisamente, coincidiendo con la noticia de su muerte, ha llegado a las librerías, Contar es escuchar (The Wave in the Mind: Talks and Essays on the Writer, the Reader, and the Imagination, 2004; Circulo de tiza, 2018), un libro de magníficos ensayos para alargar la noche hasta perder el sueño. Sólo por el texto de presentación, donde la autora cuenta que nació antes de que se inventaran las mujeres, vale la pena adentrarse en las 402 páginas que componen este maravilloso volumen: "Soy un hombre. Pensarán que he cometido un error de género sin querer, o quizá que intento engañarlos, porque mi nombre de pila acaba en a, y soy dueña de tres sujetadores, y he estado embarazada cinco veces, y otras cosas por el estilo que sin duda habrán notado, pequeños detalles. Pero los detalles no importan. Soy un hombre, y quiero que me crean y lo acepten como un hecho, tal y como lo acepté yo misma durante muchos años. [...] Las mujeres son una invención muy reciente. Precedo en varias décadas a la invención de las mujeres. De acuerdo, si son ustedes muy quisquillosos en cuanto a la precisión, las mujeres fueron inventadas varias veces en sitios sumamente distintos, pero lo cierto es que los inventores no supieron poner a la venta el producto. Emplearon técnicas de distribución rudimentarias y no hicieron ninguna investigación de mercado, de manera que por supuesto el concepto no cundió. [...] Tal vez no soy un hombre de primera categoría. Acepto de buen grado que quizá soy una especie de hombre de segunda o de imitación, un Él análogo. Como tal, soy al varón genuino lo que el palito de pescado cocido en horno microondas es al salmón real asado a la parrilla". Ursula K. Le Guin no sólo expandió las fronteras de la literatura de ciencia ficción, un coto reservado hasta entonces a los hombres, sino que también se convirtió en una de las grandes autoras de referencia del feminismo y de la teoría de género, inspiración para futuras generaciones de escritoras, como Kameron Hurley (Las estrellas son legión) N. K. Jemisin (La quinta estación) y Becky Chambers (El largo viaje a un pequeño planeta iracundo).




"Nada surge de la nada. Las ideas del novelista provienen de alguna parte. En el escritor entran cosas, cosas a montones, no las notas apuntadas en un cuaderno sino todo lo visto y oído y sentido a lo largo de todo el día todos los días, un montón de basura, desechos, hojas muertas, brotes de patatas, tallos de alcachofas, bosques, calles, cuartos en barriadas, cordilleras, voces, gritos, sueños, susurros, olores, golpes, ojos, pasos, gestos, el toque de una mano, un pitido en la noche, el ángulo de la luz proyectada sobre una pared en una habitación infantil, una aleta que surca aguas residuales. Todo ello se acumula en el contenedor personal y allí se combina, recombina, cambia; se vuelve oscuro, pútrido, fecundo, hasta convertirse en humus. En esa mezcla cae una semilla, la tierra la alimenta con la riqueza que la compone, y algo crece. Pero lo que crece no es un tallo de alcachofa, un brote de patata, un gesto. Es algo nuevo, un todo nuevo. Es algo inventado".

Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar


miércoles, 24 de enero de 2018

Maestra en fugas

Sería una lástima que una novela como Un debut en la vida (A Start in Life, 1981; Libros del Asteroide, 2018) de Anita Brookner pudiese pasar desapercibida por culpa de la escasa fortuna que ha acompañado a la publicación en España de sus obras anteriores, Hotel du Lac, Familia y amigos y Una relación inconveniente, aunque cronológicamente son posteriores a esta novela. Resultaría más lamentable que la historia —no muy diferente de la experiencia vital de la autora, hija de padre polaco y madre estadounidense, cuyo padre también había emigrado a Gran Bretaña—, despierte el desinterés del lector a fuerza de creer a pie juntillas lo que el escritor Julian Barnes dice con sorna en el prólogo: "Sus novelas tratan de mujeres solteras y solitarias que al parecer no hacen nada más que devolver libros a la biblioteca, ir a salones de té y reflexionar sobre la vida que no han vivido". Lo primero corroboraría una vez más, el mercantilismo que se ha adueñado de la industria editorial, por el cual un libro vale tanto como se hable de él, aunque en ocasiones haya que hacer un esfuerzo extra de imaginación si uno desea adentrarse en la posibilidad de un mensaje. Lo segundo sería una postura acomodaticia que Un debut en la vida se encarga de desterrar, puesto que la fascinación, el encanto y la empatía que desprende su protagonista femenina demuestran perfectamente que todavía hay personajes por conocer, así que pasen cuarenta años. En Un debut en la vida, Brookner parece estar menos interesada por la descripción de una atmósfera familiar monótona y desconectada de la realidad que por el retrato de una profesora solitaria con la nariz siempre metida entre libros (Eugénie Grandet, Anna Karenina, La pequeña Dorrit), cuyos sueños nunca llegan a materializarse. Tampoco las desgracias. Como escribió Montaigne: "Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron". Ruth Weiss es una gran creación de Brookner, pero no la única. Los personajes secundarios —sus padres, George y Helen, la señora Cutler—, son igualmente memorables. Ésa es una de las razones por las que su lectura proporciona un inmenso placer; las otras son su fino sentido del humor y su perversa habilidad para señalar lo ridículo de ciertos actos, de ciertos caracteres. Aunque con bastante retraso, Un debut en la vida es, valga la redundancia, el asombroso debut de una escritora desenvuelta, inteligente y dueña de una prosa adictiva llena de ironía e imaginación, de tradición y originalidad. La novela de Bookner puede leerse como una versión reducida de La comedia humana de Balzac, o una versión expandida de un poema de Emily Dickinson que dice que: "Para fugarnos de la tierra / un libro es el mejor bajel". La traducción es de Catalina la Grande, es decir, Catalina Martínez Muñoz, eximia traductora de autores como Wilkie Collins, Joseph Conrad, Thomas Hardy, Rudyard Kipling, Henry James, R.L. Stevenson, Edith Wharton, Virginia Woolf o Doris Lessing. 




"No había tiempos mejores; no había tiempos peores. Con el sostén de aquellos padres juveniles y aquella abuela envejecida, la niña se asombraba de la estabilidad de su mundo. En los libros, por citar sólo las obras de Dickens, la gente pasaba pruebas durísimas. En su casa de Oakwood Court nunca había ningún cambio. Siempre los mismos platos contundentes en la misma mesa contundente; la presencia imponente de la abuela, vestida de negro, garantizaba que la niña cavilosa pudiera entregarse a sus procesos mentales sin ninguna interrupción".

Anita Brookner, Un debut en la vida


sábado, 20 de enero de 2018

Los hombres huecos

Henry James es noticia por partida doble. Por un lado, la editorial Páginas de Espuma ha publicado el primer volumen de sus Cuentos completos [1864-1878], un libro al cuidado del escritor Eduardo Berti que recoge las primeras tentativas literarias (Una tragedia del error, Un caso de lo más extraordinario, La historia de una obra maestra, Compañeros de viaje, El último de los Valerio, La coherencia de Crawford, etc.) de quien poco después se convertiría en uno de los grandes novelistas del siglo XIX. Por otro lado, Gatopardo ha publicado la novela La mecanógrafa de Henry James (The Typewriter’s Tale, 2005) de Michiel Heyns, que debe leerse como un homenaje al maestro y a su bonita forma de "no decir nada con frases interminables", según Thomas Mann. Para disfrutar del gran estilista que fue James sin duda hay que acudir a sus cuentos. Yo lo he hecho a lo largo de toda mi vida —a los veinte años, a los treinta años, a los cuarenta años— y debo confesar que no siempre he podido seguirle hasta el final. No soy el único que cree que James es insostenible después de cumplidos los dieciocho años. En 1968, John Cheever le escribió a su traductora al ruso Tanya Litvinov: "Leí casi todo James cuando tenía dieciocho años y me embriagaron las indirectas, los circunloquios, las zonas de luz y los elevados discursos pronunciados en el crepúsculo. Hace cinco años me compré sus obras completas y me dispuse a releerlas. Fue horrible. Recuerdo haberte oído decir que odiabas el ‘relleno’ y James parecía sólo eso. No entendía por qué había dedicado tanto tiempo a disponer el escenario, colocar las flores y preparar el té. Me parecía oír su aliento fatigado detrás de las paredes de esas habitaciones tan preciosas. Me sentí como si estuviese dedicándome a alguna ocupación que no dominara como el bordado. (Los novelistas que me gustan pisan con fuerza en el escenario, eructan, se hurgan los dientes con una cerilla y echan un trago de la botella que tienen oculta en la chimenea.) Pero su obra me pareció tener tan poca urgencia moral, tan poco ardor que lo dejé al llegar al volumen cinco. Aquí eso sigue siendo una herejía y si lo dijese en el club me expulsarían". Puede que Cheever no esté siendo justo con James. Puede que yo no esté siendo justo con James. Pero lo cierto es que hay que reconocer que, con independencia de lo que el autor de Los papeles de Aspern, Lo que Maisie sabía y Otra vuelta de tuerca significó en su tiempo, a nosotros hoy nos suena hueco. Pero también es posible lo contrario. Que los hombres huecos —como en el poema de T.S. Eliot— seamos nosotros.




“Crawford era un hombre alto, no especialmente agraciado. Tenía, de todos modos, eso que suele llamarse estampa de caballero y un muy bello perfil..., el perfil de un hombre dado a los libros, de un estudiante o tal vez de un filósofo. [...]  Era como si su rostro hubiera salido de un molde tosco e irregular y la imagen resultante hubiese sido retocada aquí y allá por una mano más delicada, más femenina. Tenía una expresión singular, un aspecto que no puedo describir más que diciendo que expresaba una inteligencia inocente, el aspecto de un ángel distraído. Era obvio que conocía la corrupción de este bajo mundo, pero nunca pensaba en ella. Soy incapaz de decir en qué pensaba: en grandes cosas, supongo, para las cuales no me necesitaba”.

Henry James, Cuentos completos [De La coherencia de Crawford]


miércoles, 17 de enero de 2018

En lo más crudo del crudo invierno

Después de mucho pensarlo, he llegado a la siguiente conclusión: mi gran problema con las novelas policíacas, detectivescas o, con más amplitud, criminales, es que siempre acaban produciéndome la sensación de que el autor está intentando demostrarme algo. Siendo honestos, el estilo, o la ausencia de él, tampoco invitan al optimismo. La ciudad blanca (Den vita staden, 2015; Anagrama, 2017) de la escritora sueca Karolina Ramqvist se presenta ante el lector español como una novela adscrita al género negro. Sin embargo, conociendo el nombre de su editor, Jorge Herralde, el bibliófilo perspicaz sabe de antemano que la novela de Ramqvist promete, como mínimo, un disfrute muy distinto al habitual en estos casos. Desde este punto de vista, La ciudad blanca cumple dichas expectativas, erigiéndose en una de las más singulares rarezas que haya dado la novela negra reciente: uno de esos accidentes que, como La granja (The Farm, 2014; Salamandra, 2016) de Tom Rob Smith, demuestran que la maquinaria criminal perfectamente engrasada y autosuficiente no es como la pintan y que, de vez en cuando, tiene fisuras de las cuales brota alguna que otra maravilla. La ciudad blancaque primero confunde, luego inquieta y finalmente acaba noqueando, demuestra con creces que no tiene nada que ver con el thriller de intriga al uso gracias, sobre todo, a una puesta en escena que parece hecha con la sana intensión de demoler las convenciones del género. Si tuviera que buscar un símil cinematográfico para definir La ciudad blanca sería sin duda Carretera perdida (Lost Highway, 1997) de David Lynchcuya historia adquiría, mediante un detalle del decorado o un aparentemente caprichoso ángulo de cámara, una tonalidad y un sentido diferentes al previsible. Hay en la novela de Ramqvist una constante tensión narrativa que busca situarla en un nivel irreal, más psíquico que físico, a tono con el conflicto psicológico de la protagonista, Karin, una mujer joven que tiene que hacer frente a la inesperada muerte de su amante, John. Sin embargo, ésta no va a ser la única de sus preocupaciones, acorralada por las deudas, el sustento de una hija de pocos meses y el crudo invierno que tiene por delante. Detrás de cada rostro de mujer golpeado hay una historia, y esto es lo que explora Ramqvist en La ciudad blanca, una de esas obras atípicas e inesperadas, a contracorriente de las modas imperantes y que, precisamente por ello, tiene muchas posibilidades de pasar desapercibida entre el agobiante aluvión de novedades. Apunten este nombre porque va a sonar mucho en los próximos años: Karolina Ramqvist.




"Si uno piensa que las cosas van a arreglarse, ¿se arreglan de verdad? ¿O hay que pensar que las cosas van a ir fatal, como si fuera un conjuro? [...] El miedo no es un conjuro que funcione, sino un malestar nacido del cálculo del riesgo. No es verdad que aquello que más nos preocupa no vaya a suceder. Al contrario: es muy probable que suceda".

Karolina Ramqvist, La ciudad blanca


domingo, 14 de enero de 2018

Creadores de sombras

A doscientos años de la publicación de Frankenstein o El moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus), que podemos considerar de alguna manera como la "carta de presentación" del horror científico en la literatura en la hoja publicitaria de dos páginas que acompañaba a la novela cuando se publicó el 11 de marzo de 1818 en 3 vols., la editorial inglesa Lackington, Hughes, Harding, Mavor & Jones recomendaba otros libros sobre temas de magia, alquimia y ocultismo—, no parece fácil ofrecer una visión novedosa, o como mínimo, interesante de la obra de Mary Shelley, de la que se ha analizado hasta el más mínimo detalle. Sin ir más lejos la editorial Ariel publicó en noviembre de 2017 una edición anotada para científicos, creadores y curiosos en general, acompañada de varios ensayos: La responsabilidad traumática de Josephine Johnston, ¡He creado un monstruo! (y tú también puedes) de Cory Doctorow, Concepciones cambiantes de la naturaleza humana de Jane Maienschein y Kate MacCord, Sin enturbiar por la realidad de Alfred Nordmann, Frankenstein reformulado de Elizabeth Bear, Frankenstein, género y madre naturaleza de Anne K. Mellor y El amargo regusto de la dulzura técnica de Heather E. Douglas. Nacida casi por casualidad —cuando Lord Byron, durante una estancia estival en Ginebra con Percy y Mary Shelley, su hermanastra Claire Clarmont y John William Polidori, sugirió que cada uno de ellos escribiese un cuento de horror—, Frankenstein no ha dejado de sumar adeptos; en concreto 67.400.000 son las menciones en Google de la palabra Frankenstein, lo que da una idea del alcance y la repercusión que la novela de Shelley ha tenido desde el siglo XIX hasta la fecha. Mucho se ha hablado de la fealdad de la criatura creada por Víctor Frankenstein sirviéndose de partes anatómicas de diversos cadáveres, pero poco se ha hablado de su verdadera monstruosidad. La palabra "monstruo" procede del latín "monstrum", que, a su vez, deriva del verbo "monere", que significa "advertir", por lo que la monstruosidad de la criatura es una advertencia —antiguamente cuando un niño nacía con algún tipo de malformación en su cuerpo se creía que era un aviso de que algo terrible iba a ocurrir— acerca de las consecuencias letales de las creaciones científicas o las tentativas de "mejorar" la especie humana. En esto Mary Shelley se adelantó un siglo y medio a Robert Oppenheimer, Leó Szilárd, Edward Teller y Eugene Wigner, los científicos detrás de la bomba atómica, y a Joseph Megele, el médico de los experimentos de Hitler.




"¡Maldito creador! ¿Por qué disteis forma a un monstruo tan espantoso que incluso vos mismo me disteis la espalda asqueado? Dios, en su piedad, hizo al hombre hermoso y atractivo, a su imagen y semejanza; pero mi figura no es más que un remedo inmundo de la vuestra, y más espantosa cuando se comparan. Satán tenía compañeros, otros demonios que lo admiraban y lo animaban; pero yo estoy solo y todo el mundo me detesta".

Mary Shelley, Frankenstein


jueves, 11 de enero de 2018

¿Qué tal el dolor?

Aunque se suele clasificar a James Ellroy en el género negro, especialmente en el hard boiled acuñado por Dashiell Hammett y Raymond Chandler en la primera mitad del siglo XX, para el autor del Cuarteto de Los Ángeles (La dalia negra, El gran desierto, L.A. Confidential y Jazz blanco) nada es blanco y negro. En su obra novelística hay lugar también para el amor, la redención y el martirologio familiar, como en su libro menos conocido pero sin embargo más personal, Mis rincones oscuros (My Dark Places, 1996; Literatura Random House, 2018), donde narra cómo llegó a ser quién es —un escritor con todas las letras, un escritor a perdurar más allá de las fronteras de la novela negra—  a partir del asesinato no resuelto de su madre Geneva (Jean) Hilliker a finales de los años cincuenta. Esa muerte violenta no sólo trastocó la vida de Ellroy, sino que además le convirtió en una víctima más. Ellroy tenía diez años cuando su madre fue violada y estrangulada el 22 de junio de 1958 en El Monte, Los Ángeles, lo que le llevó a arrastrar hasta bien entrada la madurez un sufrimiento brutal, un dolor infinito que le condujo a la autodestrucción y sus diversas formas de manifestarse: alcoholismo, drogadicción, delincuencia, violencia. Sus relaciones con las mujeres también estuvieron capitalizadas por el dolor: "Yo era un tornado que pasaba por sus vidas. Recibía sexo y escuchaba sus historias. Les contaba la mía. Intenté que funcionaran una serie de emparejamientos, unos breves y otros más prolongados. [...] Yo siempre daba el hachazo en la mayoría de mis relaciones. Me encantaba cuando alguna mujer me calaba y agarraba el hacha primero. Yo nunca cercené mis expectativas románticas. Nunca llevé una línea suave en el amor. Me sentía mal por las mujeres con las que follaba. Con el tiempo me acerqué a las mujeres con menos ferocidad. Aprendí a disimular mi ansia. Aquella avidez fue a parar directamente a mis libros, que se volvieron cada vez más obsesivos". El viejo precepto de "conócete a ti mismo" se transforma aquí en el arduo estandarte existencialista de "conoce tu dolor". Mis rincones oscuros no es en rigor una novela, sino una foto fija de una época, un mundo y unas vidas condenadas a cumplir una existencia miserable al otro lado de las puertas para siempre cerradas del Paraíso. Lo único que hace soportable su lectura es pensar que todo esto no te pasó a ti.




"El hijo de la víctima era regordete y más alto que la mayoría de los niños de diez años. Estaba nervioso, pero no se le veía nada afectado. El niño había llegado a la casa en taxi, solo. Se le informó de la muerte de su madre y encajó la noticia con calma. Le dijo a un agente que su padre estaba en la estación de autobuses de El Monte, esperando un vehículo de la compañía Freeway Flyer que lo llevara de regreso a Los Ángeles. Un coche patrulla recibió la orden de desplazarse hasta allí para recoger a Armand Ellroy. Padre e hijo no habían estado en contacto desde que se despidieron en la estación. Ahora estaban retenidos en habitaciones separadas".

James Ellroy, Mis rincones oscuros


lunes, 8 de enero de 2018

Casa de muñecas

Primero que nada, tengo que reconocer que aunque ya sabía de la existencia de La casa de las miniaturas (The Miniaturist, 2014; Salamandra, 2015) de Jessie Burton antes de la emisión el pasado 26 de diciembre de la adaptación televisiva producida por la cadena británica BBC, no me decidí a leer la novela hasta después de ver la miniserie de dos episodios dirigida por Guillem Morales. Al igual que la pieza de teatro Casa de muñecas del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, La casa de las miniaturas es fundamentalmente una honda exploración de la condición femenina en el siglo XVII, de cómo han sido educados hombres y mujeres, y especialmente cómo esa educación generalizada ha sido decididamente beneficiosa para el hombre y perjudicial para la mujer. Cualquier lector avezado seguramente recordará estas palabras de la heroína de Ibsen, Nora Helmer: "He sido una muñeca grande en tu casa, como fui muñeca en casa de papá. Y nuestros hijos, a su vez, han sido mis muñecas. A mí me hacía gracia verte jugar conmigo, como a los niños les divertía verme jugar con ellos. Esto es lo que ha sido nuestra unión". Hay rasgos de Nora Helmer en Nella Oortman, la protagonista de La casa de las miniaturas. Nella es una muchacha de pueblo que acaba de contraer matrimonio con Johannes Brandt, un rico comerciante de Ámsterdam cuyo trabajo lo mantiene fuera de casa. Por lo que cuando Nella abandona su territorio familiar y llama a la puerta de la casa del hombre con el que acaba de casarse es recibida únicamente por su cuñada Marin, vestida de negro riguroso, y los dos criados al servicio de la familia Brandt. Pasan los días y la relación que mantiene Nella con Johannes es mínima, tan sólo recibe de él como regalo de bodas una casa de muñecas que es una réplica exacta de su nuevo hogar. Desde el primer momento, Nella se dibuja como una heroína que busca su papel en la sociedad y debe asumirlo a través de un complejo ritual de extrañamiento, muerte y adversidad: "Nella ha soltado el ancla, pero no ha encontrado un lugar donde agarrarse al fondo y la cadena la arrastra, enorme, imparable y peligrosa, y la hunde en el mar".  Por si fuera poco, en La casa de las miniaturas Burton desliza entre líneas una original mirada sobre algunos de los conflictos que definieron el barullo del siglo XVII europeo, como fueron el racismo y, sobre todo, la homosexualidad, que tuvo su escalada más extrema en Holanda en 1730 con la persecución a gran escala de homosexuales en Utrecht, Ámsterdam, La Haya, Rótterdam, Haarlem y Leiden, terminando a menudo en un sentencia de muerte.




"No se ha casado con un hombre, sino con un mundo. Los plateros, una cuñada, extraños conocidos, una casa en la que se siente perdida y otra en miniatura que la asusta. En apariencia tiene muchas cosas al alcance de la mano, pero la asalta la impresión de que le arrebatan algo".

Jessie Burton, La casa de las miniaturas


viernes, 5 de enero de 2018

Es hora de emborracharse

Lo primero que me llama la atención de El lector decadente, una antología de textos de escritores franceses e ingleses de finales del siglo XIX publicada por la editorial Atalanta a finales del año pasado, es el título. ¿Somos decadentes porque estamos inmersos en un proceso de decadencia globalizada o porque nuestros gustos y costumbres son refinados? Quiero convencerme de lo segundo. No obstante, identificar al lector de hoy con el escritor decadentista del siglo XIX —llamado así por ir en contra de la tradición naturalista imperante— no es la mejor manera para reconducir la banalización de la literatura actual. Como señala el periodista y escritor Jaime Rosal en el prefacio del libro: "El decadentista era un escritor de vuelta de todo". El lector de hoy, ayer y siempre no está de vuelta de todo, por el contrario, nunca está satisfecho. Tal vez por eso Charles Baudelaire, uno de los mayores exponentes del decadentismo literario que se dan cita en esta antología, junto a Théophile Gautier, Isidore Ducasse, Jules Barbey d’Aurevilly, Villiers de L’Isle-Adam, Joris-Karl Huysmans, Marcel Schwob, Pierre Louÿs, Stéphane Mallarmé, Octave Mirbeau, Jean Lorrain, Oscar Wilde, Aleister Crowley, etcétera, se confortaba experimentando con otros medios: "En este mundo angosto, mas tan lleno de asco, sólo me sonríe un objeto conocido: la ampolla de láudano; una vieja y terrible amiga; como todas las amigas, ¡ay!, fecunda en caricias y traiciones". Tal como el lector habrá supuesto hasta aquí, Baudelaire cumple como pocos la condición de escritor decadente cuya obra conduce “a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor”, según el juez que le condenó a pagar 300 francos de multa en 1857. Su vida fue un cúmulo de adversidades, algunas causadas por la falta de comprensión de sus contemporáneos y muchas otras debidas a sus ataques cerebrales y sus debilidades. Lo más digno de mención en Baudelaire es que no sólo inició el movimiento decadentista —el autor de Las diabólicas, Barbey d’Aurevilly, lo proclamó "el Dante de una época decadente"—, sino que prácticamente agotó sus posibilidades. A diferencia de Wilde, que se arrepintió de su "perversidad" y hedonismo después de salir de la cárcel de Reading, Baudelaire fue sublime sin interrupción.




"Hay que estar siempre borracho. Eso es todo: ésa es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo, que destroza vuestros hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo, pero embriagaos. Y si alguna vez, en la escalinata de un palacio, en la hierba verde de un foso, en la triste soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida o disipada ya la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo cuanto huye, a todo lo que gime, a todo cuanto rueda, a todo lo que canta y a todo lo que habla, preguntadle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el reloj os responderán: ¡Es hora de emborracharse!".

Charles Baudelaire, Pequeños poemas en prosa [De El lector decadente]