sábado, 8 de mayo de 2021

Lo que hacemos en las sombras

Partiendo de uno de sus vigorosos arranques, Jay McInerney (Connecticut, 1955) desplegó en su primera novela, Luces de neón (Bright Lights, Big City, 1984) una soberbia historia de juventud y destrucción: “No, no eres la clase de tipo que estaría en un lugar como éste a estas horas de la madrugada. Pero aquí estás, y no puedes decir que el terreno te sea del todo extraño, a pesar de que los detalles están borrosos. Estás en una discoteca hablando con una chica que tiene la cabeza rapada. La discoteca ha de ser Heartbreak o bien Lizard Lounge. Todo se aclararía si pudieras escabullirte a los lavabos y aspirar un poco más de Polvo Mágico Boliviano. Pero puede que no. Una vocecita interior insiste en que tu epidémica falta de claridad es el resultdo de un exceso de todo esto. La noche ha llegado a ese punto imperceptible en que las dos de la mañana se hace súbitamente las seis”. Luces de neón, publicada primero en forma de relato bajo el título It’s 6am, Do You Know Where You Are? [Son las 6 de la mañana¿sabes dónde estás?],  se ha erigido hoy en una obra decisiva de su trayectoria literaria junto a novelas como las que componen la trilogía sobre el matrimonio Calloway: Al caer la luz (Brightness Falls,1992; Libros del Asteroide, 2017), La buena vida (The Good Life, 2006; Libros del Asteroide, 2018) y Días de luz y esplendor (Bright, Precious Days, 2016, Libros del Asteroide, 2021)*. Esta última acaba de llegar a las librerías españolas cuando ya no esperábamos volver a saber de Russell y Corrine Calloway —guapos y ricos, pero también perseguidos por sus demonios, como los personajes de Francis Scott Fitzgerald—, después de haberlos dejado asomados a su propio abismo al final de La buena vida: “De ahí en adelante, todo constituiría un descenso gradual, ya fuera más rápido o más lento, desde el pesar hacia el olvido”. Si en La buena vida el derrumbe de las Torres Gemelas es la metáfora del rugir de lo perdido, en Días de luz y esplendor la quiebra de Lehmam Brothers viene a avisarnos de que se puede perder mucho más. Días de luz y esplendor se abre con una oda a Nueva York y a los libros, claro está—, que explica y justifica el apego del autor por su ciudad de adopción. En unas pocas líneas, McInerney nos regala una más que nostálgica descripción de la ciudad, consiguiendo uno de los mejores comienzos de novela que uno es capaz de recordar: “Hubo un tiempo, no hace mucho, en que los jóvenes acudían a la ciudad porque amaban los libros, porque querían escribir novelas o relatos cortos —o incluso poemas, nada menos—, o porque querían participar en la producción y distribución de dichos artefactos y estar en contacto con la gente que los creaba. Para aquellos que frecuentaban bibliotecas de las afueras y librerías provincianas, Manhattan era la reluciente ciudad de las letras. New York, New York. Estaba ahí mismo, en la página de créditos: era el lugar del que emanaban libros y revistas, hogar de todos los editores, sede del New Yorker y de la Paris Review, donde Hemingway le dio el puñetazo a O’Hara y Ginsberg sedujo a Keroauc, donde Hellman demandó a McCarthy y Mailer la emprendió a golpes con todo el mundo, y donde los aspirantes a novelistas [...] adoraban los textos sagrados de Nueva York: La casa de la alegría, El gran Gatsby, Desayuno en Tiffany’s [...] Todos habían leído El guardián entre el centeno, pero a diferencia del resto, a ellos les había llegado de verdad al corazón: les hablaba en su misma lengua y les inspiraba la secreta ambición de mudarse a Nueva York algún día y de escribir una novela titulada El vuelo de los patos en invierno, o quizá sencillamente Patos en invierno**”. En Días de luz y esplendor los Calloway todavía están juntos. Pero no son felices. Hace tiempo que han dejado de querer lo que tienen, el uno al otro. Los que aplaudieron Manhattan de Woody Allen, o la Crónica de los Wapshot de John Cheever, disfrutarán en estas páginas de asuntos afines contados con la certeza y osadía de alguien nacido para escribir. Todo en ella refrenda lo que ya apuntó Ursula K. Le Guin: “Cuando enciendes una vela, también proyectas una sombra”. 





“Los mejores matrimonios, como los mejores barcos, son los que saben capear los temporales. Se enfrentan al oleaje, se estremecen, escoran y están a punto de volcar, pero al final consiguen enderezarse y siguen navegando rumbo al horizonte. Al fin y al cabo, se cimientan sobre una sola premisa: en lo bueno y en lo malo. Su matrimonio, si bien no era exactamente ‘boyante’, estaba al menos en condiciones de navegar”.


Jay McInerney, Días de luz y esplendor



__

(*) El primer volumen está traducido por Mariano Antolín Rato y los dos restantes por Patricia Antón.

(**) McInerney hace alusión a la conversación que mantiene el protagonista, Holden Caulfield, con un taxista llamado Horwitz: “¿Pasa usted muchas veces junto al lago de Central Park? ¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?”.



domingo, 2 de mayo de 2021

Yonqui de testosterona

Rara avis allá en el género que queramos asociarle, el filósofo y escritor Paul B. Preciado partió de su propia experiencia como hombre transgénero* para entregar al lector en 2008 un Testo yonqui, o si lo prefieren, un texto de imposible clasificación, a medio camino entre la narración autobiográfica y el ensayo filosófico, que modificó para siempre nuestra concepción de la sexualidad y los códigos normativos de reconocimiento visual, y que ahora reedita Anagrama revisado y corregido. Testo yonqui, título tomado de la novela de William Burroughs, está gobernado por una sensación que el autor del Manifiesto contrasexual y Pornotopía convierte en convicción: “Vivimos en la hipermodernidad punk: ya no se trata de revelar la verdad oculta de la naturaleza, sino que es necesario explicar los procesos culturales, políticos, técnicos a través de los cuales el cuerpo como artefacto adquiere estatuto natural. El oncomouse, ratón de laboratorio diseñado biotecnológicamente para ser portador de un gen cancerígeno, se como a Heiddegger. Buffy, la cazavampiros, se come a Simone de Beauvoir. El dildo, paradigma de todas las prótesis de teleproducción del placer, se come la polla de Rocco Siffredi. No hay nada que desvelar en el sexo ni en la identidad sexual, no hay ningún secreto escondido. La verdad del sexo no es desvelamiento, es sex design”. Preciado, alumno del filósofo francés Jacques Derrida, cuenta cómo siente en su propio cuerpo los efectos de la testosterona que se administró durante ocho meses en dosis de 50 y 100 miligramos por semana, cómo le sube la virilidad farmacológica y sale a recorrer las calles de París a las seis de la mañana después de escribir toda la noche sus reflexiones filosóficas, sus narraciones sobre la administración de hormonas y relatos detallados de encuentros sexuales sola o en compañía del escritor Guillaume Dustan**, cuya muerte en 2005 por intoxicación de medicamentos prescritos para paliar los efectos del sida resultó un duro golpe para Preciado. A lo largo de las páginas de Testo yonqui, Dustan aparece y desaparece como un fantasma: “Han pasado doce días después de tu muerte. […] Tu figura emerge detrás de un arbusto, la misma manera de llevar el pantalón vaquero, el mismo mechón de vello denso y negro que asoma por el cuello de tu camiseta blanca. Tu fantasma excava en mi memoria y saca todo lo que encuentra: me llamas. […] Me dices que soy como cualquier otra lesbiana, haciendo de enfermera política de cualquiera que encuentro. Te digo que no soy lesbiana, que soy trans, que soy un tío, que el hecho de que no tenga una bio-polla de mierda como la tuya no significa que no sea un tío”. Como cualquier ficción que se precie —y ésta lo es, “una ficción autopolítica o una autoteoría” sobre el cuerpo como campo de batalla de todas las luchas—, Testo yonqui es un libro que engancha como la mejor de las adicciones. El propio título ya debería ponernos sobre aviso.

 

 

“No hay ninguna droga tan pura como la testosterona en gel. No tiene olor alguno. Sin embargo, un día después de la administración, mi sudor se hace más ácido y más dulzón. Emana de mí un olor a muñeco de plástico calentado al sol o de licor de manzana olvidado en el fondo de un vaso. Es mi cuerpo el que reacciona a la molécula. La testosterona no tiene sabor. No tiene color. No deja huella. La molécula de testosterona se disuelve en la piel como un fantasma atraviesa un muro. Entra sin llamar. Penetra sin marcar. No es necesario ni fumarla, ni esnifarla, ni inyectarla, ni tan siquiera tragarla. Me basta con acercármela a la piel, y así, por simple vecindad con el cuerpo, desaparece para diluirse en la sangre”.

 

Paul B. Preciado, Testo yonqui

 

 

__

(*) Nació en Burgos en 1970 y recibió el nombre de Beatriz Preciado.

(**) Dustan es autor de la novela autobiográfica En mi cuarto (Dans ma chambre, 1996), donde describe sin tabúes ni trabas el infierno de las drogas y el sexo sin freno: “El semen está bueno, también yo tengo ganas de tragarlo, la follada es una verdadera gozada cuando se puede hacer de todo”. Hay edición española en Reservoir Books.



domingo, 25 de abril de 2021

El año en que me enamoré de Pia Pera

Que un libro como Aún no se lo he dicho a mi jardín (Al giardino ancora non l'ho detto, 2016; Errata naturae, 2021) de la escritora italiana Pia Pera exista es fruto del amor. Amor incondicional por el cuidado del jardín como forma de vida, un sentimiento compartido con otros autores como Marco Martella* (Un mundo pequeño, un mundo perfecto), Masanobu Fukuoka (La revolución de una brizna de paja), Vita Sackville-West (Mis flores), Penelope Lively (Vida en el jardín), Jerzy Kosinski (Desde el jardín), o cineastas como Derek Jarman, quien después de que le diagnosticaran que era portador del virus del VIH en 1986 se mudó  a una cabaña de pescadores en la costa de Kent, donde pasó los últimos años de su vida cuidando del jardín delantero: “Nunca tendría que haber hecho cine, es una idiotez. Lo que quiero es ocuparme del jardín. El jardín es el lugar ideal para morir; tiene magia, la magia de la sorpresa; es un tratamiento, una farmacopea”. Al igual que Jarman, Pia Pera se retiró a cuidar de su jardín cuando le diagnosticaron que padecía esclerosis lateral amiotrófica. En un rincón privilegiado de la Toscana, entre Pisa y Lucca, en la ladera del Monte Pisano, la autora pasó los últimos cuatro años de su vida** entregada a la más efímera de las artes: la jardinería. Allí nacieron estas memorias, escritas a tumba abierta, que toman el título de un poema de Emily Dickinson: “Aún no se lo he dicho a mi jardín, / por miedo a que se apodere de mí. / Aún no me veo con la fuerza / de confesárselo a la Abeja. / Prefiero no hablarlo por la calle, / evitar la mirada de los escaparates: / ¿cómo tiene la desfachatez de morir / alguien tan tímida, tan ignorante? / No pueden enterarse las colinas / por las que tanto deambulé, / tampoco los amados bosques, / del día en que me iré. / No lo susurraré en la mesa, / ni dejaré caer, como si nada, / que alguien en el Misterio / se adentrará esta mañana”. Si algo distingue Aún no se lo he dicho a mi jardín es la sencillez y la honestidad brutal con que está escrito de la primera a la última línea: “Un día de junio de hace unos años, un hombre que decía quererme observó, en tono de reproche, que cojeaba. No me había dado cuenta. Era una cojera casi imperceptible, apenas una desarmonía al caminar, un mal ritmo. [...] Comprendí que no podía cumplir mi deseo de morir de pie, algo que siempre había considerado mi sacrosanto derecho”. Cuesta mucho resumir un libro que estremece y conforta a partes iguales, como observar un jardín en la quietud de la noche. Aún no se lo he dicho a mi jardín es una obra entre géneros, un cuaderno de notas, un diario sin días ni meses, marcado por las estaciones, por lo que sucede en el jardín —frío, lluvia, plantas que crecen y mueren— y sobre todo en el cuerpo agotado de la escritora, enganchado a un gotero de inmunoglobulinas, y pese a eso maravillada por la desnudez de los tulipanes. 

 



“Éste ha sido el año en que me he enamorado de los tulipanes. Siempre me habían parecido flores frígidas, antinaturales, exentas de fragancia, frías, adulteradas, vistosas, vulgares. [...] Cuánto tiene que avergonzar al tulipán que lo obliguen a exhibirse impúdicamente ante nuestra mirada, como un cuerpo en la mesa del anatomista, y qué despreocupado y libre parece, en cambio, cuando su cabeza escarlata asoma en el mar verde de la hierba, mostrando su indiferencia hacia nosotros, entre esa multitud de plantas que se le asemejan, dichoso y perdido en la multitud”.

 

Pia Pera, Aún no se lo he dicho a mi jardín

 

 

__

(*) Bajo los heterónimos de Jorn de Précy y Teodor Cerić, Martella también ha publicado El jardín perdido y Jardines en tiempos de guerra, respectivamente. Hay edición española en la editorial Elba.

(**) Pia Pera murió a los 60 años, el 26 de julio de 2016.


 

domingo, 11 de abril de 2021

El nuevo amanecer de Octavia E. Butler

Por lo general, la literatura norteamericana ha glorificado el género de la ciencia ficción, pero ha maltratado a los autores —con la salvedad de unos pocos, como Isaac Asimov, Ray Bradbury o Robert A. Heinlein— que lo practicaron con denuedo; algunos incluso con auténtica obsesión, como Philip K. Dick; otros teniéndolo todo en contra, como Octavia E. Butler, escritora afroamericana, única hija de un limpiabotas, Laurice James Butler, y una criada, Octavia Margaret Guy, que vivió en sus propias carnes la segregación racial de los años cuarenta y cincuenta en los Estados Unidos: "Nunca me gustó verla entrar por las puertas de atrás. Si ella no se hubiera dejado humillar, yo nunca hubiera comido decentemente. Por eso quise escribir una novela que hiciera sentir la historia: el dolor y el miedo que los negros han tenido que aguantar para poder sobrevivir", escribió Butler a propósito del origen de su novela más emblemática Kindred*, que narra el viaje en el tiempo de una joven negra desde la California de los años 70 hasta la guerra de Secesión librada entre 1861 y 1865. Octavia E. Butler (1947-2006) es noticia estos días por tres motivos, o si lo prefieren, por tres nuevos libros publicados en España en un corto espacio de tiempo que la recuperan definitivamente del olvido: Hija de sangre y otros relatos (Bloodchild and Other Stories, 1995; Consoni, 2020), La parábola del sembrador (Parable of the Sower, 1993; Capitán Swing, 2021) y la trilogía Xenogénesis titulada La estirpe de Lilith (Lilith’s Brood. The Xenogenesis Series,1989; Nova, 2021), que comprende las novelas Amanecer (Dawn, 1987), Ritos de madurez (Adulthood Rites, 1988) e Imago (Imago, 1989). La leyenda de Butler como escritora feminista y, sobre todo, más allá de la (ciencia) ficción comenzó a labrarse con Amanecer. No sólo fue el primero de sus libros publicados en nuestro país**, sino también el primero que le abrió las puertas (de delante) en todo el mundo por su enfoque de temas sociales como el género, la sexualidad y otras cuestiones similares hoy de actualidad desde una perspectiva antropológica y especulativa. Como su propio título indica, Amanecer comienza con el despertar de la protagonista en una nave espacial. Lilith Iyapo ya ha tenido otros Despertares, pero este será el último. El gran Despertar. Apenas recuerda la guerra entre Estados Unidos y la URSS que causó la destrucción casi total de la humanidad. Tampoco recuerda su captura por los oankali, la raza alienígena que llegó justo a tiempo para rescatar a los últimos humanos y colocarlos en animación suspendida a bordo de su enorme nave biológica. A diferencia de los seres humanos, los oankali tienen tres tipos de sexo: masculino, femenino y ooloi. Han pasado 250 años y la Tierra vuelve a ser habitable. Los oankali ayudarán a la humanidad a recuperar la Tierra y comenzar una nueva cultura, pero a un precio que cambiará el significado de la palabra humano. La estirpe de Lilith es una trilogía tan inclasificable como sorprendente, llamada a dejar una gran huella en la historia del género, como la serie de Miles Vorkodsigan de Lois McMaster Bujold.

 


 

“Lilith se desnudó, negándose a pensar en lo que les parecería eso a los humanos que aún estaban conscientes. Ahora estarían seguros de que era una traidora. Se desnudada en el campo de batalla para yacer con el enemigo. […] Nikanj penetró su cuerpo con cada tentáculo de su propio cuerpo y de su cabeza capaces de alcanzarla y, por una vez, ella lo sintió como siempre había imaginado que sería. ¡Dolía! Era como verse usada, sin previo aviso, como un alfiletero. Se quedó sin aliento, pero consiguió no apartarse. El dolor era soportable, probablemente nada en comparación con el que Nikanj debía de estar sufriendo, fuera cual fuese la forma en que experimentaban el dolor ”. 

 

Octavia E. Butler, Amanecer (La estirpe de Lilith)

 

___

(*) Hay edición española: Parentesco (Kindred, 1979; Capitán Swing, 2018), con traducción de Amelia Pérez de Villar.

(**) Lo publicó la editorial Ultramar en 1989, con traducción de Luis Vigil García**; la misma que publica ahora Nova, pero revidada y actualizada por Pilar Márquez. 



domingo, 4 de abril de 2021

Las vidas negras importan

Hace apenas veinticuatro horas, en torno a las dos de la madrugada, terminé de leer Cómo luchamos por nuestras vidas (How We Fight for Our Lives: A Memorir, 2019; Dos Bigotes, 2021; traducción de Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent) del poeta y escritor afroamericano Saeed Jones. Tras despertarme, a las ocho y media, volví al libro, anoté algunas frases en mi libreta, y me dije que las memorias de Jones no tratan simplemente sobre su lucha por llegar a ser él mismo —“Si mi país iba a odiarme por ser negro y gay, no tenía más remedio que hacer de mí mismo un arma”—, sino también acerca del recuerdo constante de que no basta con sobrevivir, hay que vivir. Jones, poeta galardonado en 2015 por su libro de poemas Prelude to Bruise, en el que denuncia la intolerancia racial y la violencia homofóbica estructural, cultural y familiar —“Father in my room / looking for more sissy clothes / to burn” [Padre en mi habitación / buscando más ropa mariquita / para quemar]—, tuvo claro desde el principio que no quería inscribir su nombre en el club de los poetas muertos: “Melvin Dixon*: muerto, 1992. Essex Hemphill**: muerto, 1995. Joseph Beam***: muerto, 1988. Assotto Saint****: muerto, 1994. Reginald Shepherd*****: muerto, 2008. […] Es demasiado fácil que un hombre gay negro se ahogue****** entre los nombres de otros hombres gais negros muertos”. Aunque parezca un ejercicio de memoria, no lo es. Jones tiene las vidas de estos cinco poetas muy presentes en su libro. De ahí que utilice el plural mayestático en el título. Cómo luchamos por nuestras vidas documenta el proceso por el cual un adolescente gay negro en Estados Unidos —la América del Black Lives Matter, del crimen de odio anti-LGBT de Matthew Shepard, de la agitación social, la ira y la injusticia— se aleja de los espacios de socialización tradicionales, desarrollando compartimientos peligrosos en busca de su propia identidad: “Las personas no somos como somos porque sí. Sacrificamos versiones anteriores de nosotros mismos. Sacrificamos a las personas que se atrevieron a educarnos. La identidad parece no existir hasta que puedes decir ‘Ya no te pertenezco’. […] En apariencia, era un estudiante universitario modelo y feliz. Me había retorcido hasta encajar en la imagen del joven que esperaba que viera mi madre cuando me miraba. Sin embargo, aquello no tenía nada que ver con cómo me sentía cuando me quedaba solo. De pie, frente al espejo, mi reflejo y yo éramos animales rivales dispuestos a arrancarnos las extremidades, una a una, el uno al otro”. Pese a querer ser una parte auténtica de él, el mundo en el que se desenvuelve el yo adolescente de Jones no es sincero ni auténtico, pero tampoco hay razones objetivas para serlo. Buena parte de Cómo luchamos por nuestras vidas no es tanto una historia de supervivencia, como una historia de transformación, sustentada en la necesidad de fundar una nueva moral, incluso desde la culpa, reconociendo los errores y pecados propios.

 

 


 

Al igual que algunas culturas tiene cien palabras para decir ‘nieve’, debería haber cien palabras en nuestro idioma para todas las formas en las que un niño negro puede permanecer despierto por la noche”. 

 

Saeed Jones, Cómo luchamos por nuestras vidas

 

 

___

(*) Dixon murió de sida, a los 42 años. Es autor de Trouble the Water y Vanishing Rooms.

(**) Hemphill murió de sida, a los 38 años. Es autor de Ceremonies: Prose and Poetry y Conditions.

(***) Beam murió de sida, a los 34 años. Es autor de las antologías Brother to Brother e In the Life.

(****) Saint murió de sida, a los 37 años. Es autor de Triple Trouble y Stations.

(*****) Sheperd murió de cáncer, a los 45 años. Es autor de Some Are Drowning y Angel, Interrupted.

(******) Jones hace alusión al título del libro de poemas de Sheperd Some Are Drowing [Algunos se están ahogando].



lunes, 29 de marzo de 2021

Estamos perdonados hagamos lo que hagamos

Soy un lector asiduo de las novelas que tienen lugar, en todo o en parte, en el mar: Moby Dick de Herman Melville, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, El lobo de mar de Jack London, La línea de sombra de Joseph Conrad, Capitanes intrépidos de Rudyard Kipling, El viejo y el mar de Ernest Hemingway y La nave de los muertos de B. Traven, entre otras. No estoy muy seguro de la razón de esta predilección, pero tal vez tenga que ver con la manera de ser de los marinos. “En el camarote, sentados alrededor de una lámpara que, con su luz agonizante, volvía aún más tétrica la oscuridad, todo el mundo tenía algún naufragio o catástrofe que relatar”, escribe Washington Irving en su relato The Voyage (La travesía*)donde un narrador —el propio Irving— describe los sentimientos, pensamientos y experiencias de su viaje de América a Europa a principios del siglo XIX: “Mientras la última línea azulada de mi país natal se desvanecía como una nube en el horizonte, sentí como si hubiera cerrado un tomo del mundo con sus preocupaciones, y dispusiera de tiempo para la meditación antes de abrir otro”. Digo esto porque hace poco añadí un nuevo libro a mi colección de historias del mar. El libro se llama La guardia (Βάρδια, 1954; Trotalibros, 2021; traducción revisada de Natividad Gálvez García), y su autor es el poeta y escritor griego Nikos Kavvadías, también transcrito como Kavadías o Cavadías. El libro está escrito tomando como eje su propia vida —que, dicho sea de paso, cualquier mortal necesitaría diez vidas para igualar—, embarcado en cargueros de mala muerte con los que viajó por todo el mundo trabajando de radiotelegrafista. A través de una prosa clara y sencilla, Kavadías consigue transmitir de forma eficaz tres aspectos de la vida a bordo de un barco mercante: la convivencia condicionada por las rutinas diarias, la soledad y las conversaciones —machistas, homófobas, racistas— en el puente durante las guardias. Es a través de estas últimas que vemos, oímos, olemos y experimentamos la vida en alta mar. Aunque en la novela de Kavadías no hay capitán Ahab, ni Ismael, ni Queequeg, ni Pequod, ni ballena blanca, sin embargo están todos —con otros nombres, con otras identidades, con otros acentos— en las historias que se cuentan de diferentes barcos, rumbos y derroteros: “Cambias de barco y tienes que acostumbrarte al balanceo del nuevo. Cada barco posee el suyo”. También en las historias extrañas que hay detrás de cada uno de los oficiales y marineros del Pytheas: sexo desmedido, burdeles, explotación sexual, enfermedades venéreas y amores que duelen como duelen “una herida y tres aullidos**”. Al igual que sus libros de poemas***, La guardia es una brutal demostración de fuerza narrativa, contada con una franqueza y naturalidad insólitas. Literatura a bocajarro, más allá de los géneros, como no podía ser de otra forma viniendo de quien escribió, refiriéndose a los marinos, que: “Estamos perdonados hagamos lo que hagamos.

 


 

“¿Sabes que estuve pensando anoche durante la guardia? Que para nosotros, los marinos, no hay infierno en la otra vida. Lo vivimos dentro de esta chatarra, antes de morirnos. Estamos perdonados hagamos lo que hagamos”. 

 

Nikos Kavadías, La guardia

 

 

___

(*) Hay traducción española de Marta Salís en la antología titulada Relatos del mar. De Colón a Hemingway (Alba Editorial, 2014).

(**) De Antinomia, de su libro de poemas Traverso (De través), publicado póstumamente: “Tu amor es una herida y tres aullidos”.

(***) Alianza Editorial ha publicado recientemente su poesía completa bajo el título de La Cruz del Sur —tomado de uno de sus poemas más conocidos y versionados, Stavrós tu Notu—, con introducción, traducción y notas de David Hernández de la Fuente.




domingo, 21 de marzo de 2021

Razones para amar la pena

Pese a todo lo que se ha escrito sobre William Shakespeare, el dramaturgo isabelino continúa siendo un misterio 457 años después de su nacimiento en Stratford-upon-Avon, en Warwickshire, Reino Unido. Sus obras no se imprimieron en vida por lo que no se sabe a ciencia cierta su autoría; existen años perdidos —entre 1585 y 1592— en los que no se sabe tampoco dónde estuvo ni qué fue lo que hizo; los hay quienes arrojan dudas sobre su matrimonio, asegurando que se casó de penalti y no por amor con su novia Anne Hathaway —su primera hija, Susanna, nació seis meses después de la boda—; pero el mayor misterio de todos es la muerte de su único hijo varón, Hamnet, a los 11 años, a cuyo entierro en el cementerio de la Iglesia de la Santísima Trinidad el 11 de agosto de 1596 no asistió Shakespeare. Probablemente, quiero creer, debía de estar de gira con alguna de las obras escritas el año anterior, Trabajos de amor perdidos, Ricardo II, Romeo y Julieta o Sueño de una noche de verano. Muchos han creído ver en Hamlet, escrita hacia 1600-1, la larga sombra de la muerte de Hamnet, título incluido, aunque otros sostienen que es El rey Juan, escrita inmediatamente después de su muerte, donde el dramaturgo volcó su amargura, su dolor, su pena: “La pena llena la habitación de mi hijo ausente, yace en su cama, anda conmigo de arriba abajo, asume sus bellos rasgos, repite sus palabras, me recuerda sus graciosos miembros, rellena sus vacías prendas con su forma. Tengo entonces razón de amar la pena”. En Hamnet (Hamnet, 2020; Libros del Asteroide, 2021), la escritora irlandesa Maggie O’Farrell se apropia de este trágico episodio de la vida de Shakespeare para explorar el impacto de la pérdida en el resto de la familia, principalmente en la madre, Anne, rebautizada en la novela como Agnes. No obstante, Hamnet no está escrito con vocación de libro de duelo, como El año del pensamiento mágico de Joan Didion, Di su nombre de Francisco Goldman o Mortal y rosa de Francisco Umbral. En su perímetro externo, es un libro sobre el mundo hogareño donde se desenvuelve la vida Agnes, en Henley Street: “Están los padres [de Shakespeare], después los hijos, luego la hija, después los cerdos de la pocilga y las gallinas del gallinero, a continuación el aprendiz y, al final de todo, las criadas. Cree que su lugar, como nuera reciente, es ambiguo, entre el aprendiz y las gallinas. […] El marido de Agnes a veces está en casa y a veces no: da clases, va a las tabernas por la tarde, hace algunos recados que le manda su padre. El resto del tiempo se refugia arriba, en su cuarto, y lee o mira por la ventana”. En su perímetro interno, es un libro sobre el dolor y los medios por los cuales cada uno encuentra el modo de hacerle frente. Al igual que Constanza, en El rey Juan, Agnes busca a su hijo por todas partes, sin descanso, mientras que su marido, relegado a un papel secundario en la novela —O’Farrell nunca lo nombra explícitamente— es visto por ella como un hombre sin corazón: “Lo único que tiene dentro es eso: un escenario de madera, cómicos declamando, parlamentos memorizados, multitudes entregadas, idiotas disfrazados”. Pero la verdad es otra muy distinta. En su obra más célebre, Hamlet, Shakespeare intercambia su sitio por el de su hijo. Él es el fantasma*, el padre muerto, que viene a rogarle a su hijo —en el acto 3, escena 4—, que ayude a su madre, la reina Gertrudis: “Pero mira cómo has llenado de asombro a tu madre. ¡Oh, colócate entre ella y su agitada alma! Pues la imaginación actúa con más fuerza en los cuerpos débiles. Háblale, Hamlet”. Cómo no amar la pena con obras como Hamlet —no existe una pieza de teatro más bella, atemporal y certera, o la espléndida novela de Maggie O’Farrell, dolorosa pero bellísima, que nos invita a revisitar la obra de Shakespeare, punto de fuga de los relatos de fantasmas** de la literatura universal. 

 

 


 

“Agnes se da cuenta de que, al pensar en la fosa, el pensamiento retrocede como un caballo que no quiere saltar una zanja. Puede imaginarse andando con él hacia la iglesia, a hombros de Barthalomew y tal vez de Gilbert y de John; puede imaginarse al sacerdote bendiciendo el cadáver. Pero el descenso a la tierra, al pozo oscuro, la idea de no volver a verlo nunca más, en eso no puede pensar. No se lo puede imaginar. No puede consentir que a su hijo le suceda semejante cosa”. 

 

Maggie O’Farrell, Hamnet

 

 

___

(*) Uno de los pocos papeles que está documentado que interpretó Shakespeare fue el del fantasma del padre de Hamlet.

(**) Haciendo un recuento rápido, hay fantasmas en cinco de las obras de Shakespeare: Hamlet, Julio Cesar, Macbeth, Ricardo III y Cimbelino.



domingo, 14 de marzo de 2021

El río de la vida

Acabo de leer, como si me fuera la vida en ello, Salvatierra de Pedro Mairal en la magnífica edición que ha publicado hace unos días Libros del Asteroide, editorial que ha popularizado en España la obra del escrito argentino, tras el éxito en 2017 de La uruguaya, novela que ya va por la undécima edición*. Juan Salvatierra es, digámoslo ya, un gran personaje de la literatura latinoamericana. Como Aureliano Buendía, Pedro Páramo o Larsen, “un héroe cuya única gracia es la de fracasar una y otra vez”, según el escritor Luciano Lamberti. La gracia de Salvatierra, pintor autodidacta y mudo desde los nueve años, está en su capacidad para transformar cualquier hecho trivial de su vida en un acontecimiento pictórico. Su única obra consiste en una tela de 4 kilómetros de largo donde está pintada su vida y la de su familia a lo largo de sesenta años. Tras su muerte, sus hijos Luis y Miguel viajan desde Buenos Aires a Barrancales, un pueblo del Litoral cerca de los ríos Paraná y Paraguay, para hacerse cargo de la inmensa tela dividida en sesenta rollos: “¿Qué era ese entretejido de vidas, gente, animales, días, noches, catástrofes? ¿Qué significaba? ¿Cómo había sido la vida de mi padre? ¿Por qué necesitó tomarse ese trabajo tan enorme? ¿Qué nos había pasado a Luis y a mí, que habíamos terminado con estas vidas tan grises y porteñas, como si Salvatierra se hubiese acaparado todo el color disponible? Parecíamos más vivos en la luz de la pintura, en algunos retratos que nos había hecho a los diez años comiendo peras verdes, que ahora en nuestras vidas de escribanías y contratos. Era como si la pintura nos hubiera tragado, a nosotros dos. Todo ese tiempo luminoso de provincia había sido absorbido por su tela. Había algo sobrehumano** en la obra de Salvatierra, era demasiado”. Intrigado por la obra monumental de su padre, Miguel y su hermano mayor se disponen a ordenarla y sobre todo a dar con el paradero del rollo que falta, sustraído a punta de navaja, correspondiente al año 1961. Llegados a este punto es necesario, por cortesía, no desvelar el final de la trama, solamente diré que encierra más de un misterio. Salvatierra, omnipresente pero siempre listo para dejar de ser, no es el único gran personaje de la novela, también lo es el paisaje del Litoral argentino, en donde todo cabe menos los seres humanos. Se diría que el paisaje de Salvatierra es “una larga intemperie” entre ríos. Una sensación de fin del mundo. Como sucede con los cuadros de Brueghel o El Bosco. Lo que no quita para que Salvatierra sea uno de los libros más felices que he leído este año.



“La ausencia del autor mejora la obra. El hecho de que el autor no esté presente, incomodando entre el espectador y la obra, hace que el espectador pueda disfrutarla con mayor libertad. En este sentido, el caso de Salvatierra es bastante extremo. [...] En todo el cuadro no hay un solo autorretrato; él no aparece en su propia pintura. [...]  Es como escribir una autobiografía en la que uno no esté”.


Pedro Mairal, Salvatierra



__

(*) Otros títulos de Pedro Mairal publicados por Libros del Asteroide son: Una noche con Sabrina Love (2018) y Maniobras de evasión (2019).

(**) Aquí el autor juega con la mitología de la belleza y la juventud imperecederas, en clara alusión a El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, aunque a la inversa.



domingo, 7 de marzo de 2021

Es lo que hay

En un determinado momento de mi adolescencia quise ser escritor (y todavía estoy en ello) para poder viajar en el tiempo a falta de algo mejor, como una máquina del tiempo como la del protagonista de la novela homónima de H.G. Wells, o de una droga alucinógena llamada JJ-180, que permite viajar por el tiempo a quien la ingiere en la novela de Philip K. Dick Esperando el año pasado; o de contratar los servicios de una empresa de criogenia o "sueño frío" —tal como se llama en la novela de Robert A. Heinlein Puerta al verano— y despertar treinta años después. Entonces desconocía que “el tiempo no es más que una dirección más, ortogonal al resto”* Es lo que hay. Viene todo esto a cuento de la publicación (con nueva traducción a cargo de Miguel Temprano García**) de la obra maestra de Kurt Vonnegut, Matadero cinco (Slaughterhouse-Five, 1969; Blackie Books, 2021), cuyo protagonista, Billy Pilgrim, alter ego de Vonnegut, entra y sale del tiempo después de ser abducido por unas criaturas verdes con forma de desatascador  procedentes del planeta Trafálmador. Pilgrim*** va y viene entre varios momentos de su vida en un esfuerzo por borrar los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, especialmente el bombardeo de Dresde entre el 13 y el 15 de febrero de 1945. Más de 130.000 civiles murieron en la ciudad alemana sobre la que las fuerzas aliadas británicas y norteamericanas arrojaron casi 4000 toneladas de bombas, causando el mismo número de muertos que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. Es lo que hay. Sin embargo, cuando Matadero cinco se publicó en 1969, la novela fue recibida como una exégesis sobre el conflicto en curso de Estados Unidos en Vietnam. La guerra de Vietnam, aunque ciertamente no es el asunto de la novela, aparece transversalmente, invitando al lector a hacer comparaciones con la Segunda Guerra Mundial. Vietnam se menciona en referencia al hijo de Pilgrim, Robert, quien “tuvo muchos problemas en el instituto, pero luego se alistó en los famosos Boinas Verdes [...] y combatió en Vietnam”, haciendo caso omiso a los consejos del padre: “Les he dicho a mis hijos que bajo ninguna circunstancia participen en ninguna masacre, y que la noticia de una masacre sufrida por sus enemigos no debe llenarlos de alegría ni de satisfacción”. En Matadero cinco, cuyo título hace referencia al matadero de cerdos en el que Vonnegut estuvo prisionero en Dresde, confinado en una cámara frigorífica hasta que fue liberado en mayo de 1945, Pilgrim no lucha contra la muerte, si así lo hiciera estaría condenado al fracaso. Es lo que hay. Pilgrim lucha contra los dolorosos recuerdos de la guerra, de los que solo puede escapar aceptando la idea tralfamadoriana de que el tiempo es simplemente una ilusión: “Lo más importante que aprendí en Tralfámador fue que cuando una persona muere solo aparenta morir. Sigue viva en el pasado, así que es una tontería que la gente llore en su funeral. Todos los momentos, pasados, presentes y futuros, han existido siempre y siempre existirán. Los tralfamadorianos pueden ver lo permanentes que son todos los momentos y pueden contemplar cualquier momento que les interese”. En líneas generales, ahí esta toda la novela de Vonnegut, similar en ciertos aspectos a En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, aunque ciertamente más divertida que ésta. Es lo que hay.





“Cuando un tralfamadoriano ve un cadáver, lo único que piensa es que el muerto se encuentra en mal estado en ese momento particular, pero que la misma persona está bien en muchos otros momentos. Ahora, cuando me entero de que alguien ha muerto, me limito a encogerme de hombros y a decir lo que dicen los trafalmadorianos de los muertos, que es: Es lo que hay”.


Kurt Vonnegut, Matadero cinco



__

(*) James Gleick, Viajar en el tiempo (Time Travel. A History, 2016; Crítica, 2017). 

(**) Hay una traducción anterior, de 1987, de Margarita García de Miró, en la colección Contraseñas de Anagrama.

(***) El apellido Pilgrim significa peregrino, viajero.



lunes, 1 de marzo de 2021

El ruido del tiempo

Decía Jules Renard, en su Diario (1887-1910), que “un mal libro siempre será mejor que una buena obra de teatro”. Lo mismo habría dicho del cine, si lo hubiera conocido. Un mal libro siempre será mejor que una buena película. El escritor inglés Christopher Isherwood era de su misma opinión, pero esto no le impidió trabajar como guionista en películas como Astucias de mujer (1956) de David Miller, The Loved One (1966) de Tony Richardson y Frankenstein: The True Story (1973) de Jack Smight, esta última nominada al Premio Nébula al mejor guión que concede la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de América (SFWA), y que finalmente fue a parar a las manos de Woody Allen por El dormilón. Isherwood conocía bien el poder de una cámara como medio de expresión social, no en vano su novela más conocida, Adiós a Berlín*  (Goodbye to Berlin, 1939; Acantilado, 2014), comienza con estas palabras: “Soy una cámara con el obturador abierto, totalmente pasiva, que registra sin pensar. Registra al hombre que se afeita en la ventana de enfrente y a la mujer del kimono lavándose el cabello. Algún día, habrá que revelar, hacer copias cuidadosamente y fijar todo eso**”. Ese día llegó, muchos años después, en su soleado exilio de California, y dio como resultado La violeta del Prater (Prater Violet, 1945; Acantilado, 2021). El título de la novela hace referencia a la película homónima en la que el protagonista —el propio Isherwood, quién mejor que él para explicarnos desde dentro el cine de los años 30 y 40— está trabajando en Londres. Isherwood se basó en su propia experiencia como guionista en la película Little Friend (1934) de Berthold Viertel, basada en la novela del escritor austriaco Ernst Lothar, exiliado en Estados Unidos —en Colorado Springs— tras la anexión de Austria y la Alemania nazi. La historia comienza cuando Isherwood, que todavía vive en casa de su madre, recibe una llamada de un ejecutivo de la productora Imperial Bulldog Pictures, quien le ofrece escribir el guión de un espectáculo musical llamado La violeta del Prater. Para rodar la película, han traído desde Viena a Friedrich Bergmann, un carismático director judío, que no oculta, sin embargo, su inquietud por el momento actual que está atravesando Europa: “Un títere trágico, me dije. [...] Hay encuentros que son como reconocimientos; el nombre, la voz, las facciones carecían de importancia. Yo ya conocía aquel rostro, era el rostro de una situación política, de una época: era el rostro de Centroeuropa”. El joven y distante narrador de La violeta del Prater recuerda a Nick Carraway de El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, ambos asisten en primera fila al desmoronamiento de un mundo, a la desaparición de muchas cosas que siempre creyeron a salvo del ruido del tiempo.



“Son los ingleses mismos quienes han creado esta niebla. Se alimentan de ella como si fuera una especie de sopa amarga que los llena de ilusiones. Es su traje nacional que cubre la inmensa desnudez de los barrios bajos y el escándalo de la propiedad injusta. Es también la jungla en la que Jack el Destripador realiza sus labores asesinas, envuelto en el elegante abrigo de un corredor de bolsa”. 


Christopher Isherwood, La violeta del Prater


__

(*) Adiós a Berlín ha sido llevada al cine en dos ocasiones con diferentes títulos: Soy una cámara (1955), dirigida por Henry Cornelius, con guión de John Collier, y Cabaret (1972) dirigida por Bob Fosse, con guión de Jay Presson Allen. 

(**) Traducción de María Belmonte, op. cit.



domingo, 21 de febrero de 2021

Paisaje en la niebla

La red de redes más grande del mundo será todo lo perjudicial que ustedes quieran, pero sin el poder de descubrimiento de Internet probablemente no hubiéramos podido seguir a María Belmonte en su grand tour por el Mediterráneo en Peregrinos de la belleza (Acantilado, 2015) o en su viaje a pie por Los senderos del mar (Acantilado, 2017), con solo abrir la aplicación Google Maps en nuestro móvil. Exactamente de la misma manera, podemos hacer otro tanto con sus vagabundeos por el norte de Grecia mientras leemos su último libro, En tierra de Dionisio (Acantilado, 2021), íntimamente conectado con su vida como no podía ser de otra forma. Belmonte, doctora en Antropología Social, pertenece a esa estirpe de personas capacitadas para aprovechar la vida intensamente. Como traductora*, escritora o viajera incansable, bien que lo ha hecho emulando los pasos de sus autores favoritos. Sin embargo, el protagonista de En tierra de Dionisio no son ni los aristócratas viajeros del siglo XVIII ni los escritores en busca de inspiración artística como en sus libros anteriores, sino el paisaje del norte de Grecia, un paisaje gris y desapasible, casi postapocalíptico, que podría ser otra Grecia diferente de la que conocemos, aunque basta escarbar un poco en su superficie para descubrir que no nos es tan ajena: “Hay otra Grecia. Una Grecia que no sale en las guías turísticas, que no aparece en las postales. Una Grecia que no está bañada ni iluminada por el sol, sino envuelta en la niebla. Una Grecia fronteriza, balcánica..., es la Grecia de Theo Angelópoulos”. Mientras toma el camino contrario al de los miles de turistas que visitan el país heleno cada año, Belmonte conduce al lector a las tierras altas, donde tuvo su hogar un hijo de Zeus llamado Macedón, que significa “gente alta”, el cual dio nombre a Macedonia, la región en la que nació Alejandro Magno. Según Belmonte, cuando Alejandro era todavía un muchacho fue Aristóteles quien le contagió su pasión por el mundo que le rodeaba: “Mientras estaban en Mieza le regaló un ejemplar de la Ilíada con sus propias anotaciones. [...] Quizá fue entonces cuando Alejandro decidió convertirse en el hombre más glorioso de su época, tarea en la que puso empeño hasta que exhaló el último suspiro. Lo que no está claro es que profesor y alumno compartieran el mismo concepto de excelencia”. Macedonia es la primera parada que hace la autora en su recorrido por el norte de Grecia. Pero lejos de hallar la rotunda luz del sol de las novelas de Lawrence Durrell, se topó con lluvia y nubarrones negros que ensombrecían el paisaje: “Macedonia me recibía con un tiempo que a Theo Angelópoulos le habría parecido perfecto para un día de rodaje”. Con humor y erudición, Belmonte vuelca sus vastos conocimientos del mundo antiguo en un libro que invita a darnos un chapuzón en la fuente de la eterna juventud de los clásicos —esos libros que, a decir de Italo Calvino**, cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad—, y aunque no salgamos rejuvenecidos, sí lo haremos un poco más sabios en medio de tanta niebla. 




“Puede que en nuestro amor por una tierra distinta de la que hemos nacido se oculte una búsqueda inconsciente del paraíso del que fuimos desterrados. Ese lugar es para mí Grecia. La Grecia de las estatuas y los filósofos, la Grecia del Diálogo”. 


María Belmonte, En tierra de Dionisio



__

(*) Belmonte ha traducido al castellano la obra de Christopher Isherwood para la editorial Acantilado: Adiós a Berlín (Goodbye to Berlin, 1939; 2014), Un hombre soltero (A Single Man, 1964; 2019) y La violeta del Prater (Prater Violet, 1945; 2021).

(**) Por qué leer los clásicos (Perché leggere i classici, 1991; Tusquets, 1992), Italo Calvino. Hay una edición más reciente, de 2015, publicada por Siruela.



domingo, 14 de febrero de 2021

Descargando quimeras

Sorprende constatar cómo tres clásicos de la literatura proletaria, Germinal (1885) de Émile Zola, La jungla (1906) de Upton Sinclair y Kanikosen [Cangrejeros] de Takiji Kobayashi, publicada en 1929 para luego ser prohibida durante décadas en Japón, se mantienen vigentes en la actualidad. La explotación de los trabajadores, ya sean mineros, operarios de una planta cárnica o pescadores, sigue siendo una de las industrias más lucrativas en cualquier economía. Pero no hay que remontarse a finales del siglo XIX y principios del XX para encontrar muestras de la esclavitud asalariada. En pleno siglo XXI, la mano de obra barata y la temporalidad extrema son el recurso al que recurre la clase capitalista para mantener su elevado estatus económico, atentando de paso contra las históricas conquistas de la clase trabajadora. En su primera novela, Desde la línea (À la ligne: Feuillets d'usine, 2019; Siruela, 2021), Joseph Ponthus le hace una foto a la esclavitud moderna en la línea de producción de una fábrica de conservas de pescado en la ciudad portuaria de Lorient, en la bretaña francesa. EDesde la línea, basada en sus propias experiencias como trabajador temporal, unas veces despiezando pescado, otras escurriendo tofu o descargando quimeras (“Hoy he descargado trescientos cincuenta kilos de quimeras / Ignoraba hasta esta mañana que existiera un pescado con ese nombre / [...] Ha bastado para alegrarme la mañana / Decirme que había descargado quimeras”), Ponthus nos narra la crónica diaria de un combate interior contra la deshumanización producida por la explotación laboral hasta límites extremos, con ecos de Kafka, Orwell y Beckett. Sin embargo, mientras que la mayor parte de las obras de Kafka, Orwell y Beckett transcurren en torno a parábolas sobre una sociedad deshumanizada donde no tiene cabida el relato de las personas, en Desde la línea los personajes no son abstracciones, sino personas de carne y hueso que se enfrentan a condiciones de trabajo especialmente duras. Menos mal que siempre queda un resquicio para el humor: “La fábrica es / Más que ninguna otra cosa / Una relación con el tiempo / El tiempo que pasa / Que no pasa [...] / Querido Marcel he encontrado el que buscabas* / Vente a la fábrica que te enseño yo en un pispás / El tiempo perdido / Ya no tendrás que soltar tanto rollo”. Sin desmerecer la magnífica disección del trabajo en una fábrica de producción y transformación de pescado, el verdadero triunfo de Ponthus estriba en su prosa desinhibida, libre (de puntos y comas, de párrafos largos, eternos e interminables) y directa. Como las canciones de Charles Trenet que ayudaron al autor a sobrellevar el agotamiento y el absurdo diario, Desde la línea es un canto a recuperar los valores de una sociedad deshumanizada. Una quimera más.





“La fábrica me ha ganado  

Ya solo me refiero a ella como 

 Mi fábrica 

 Como si yo insignificante empleado temporal entre tantos otros tuviese propiedad alguna de las máquinas o la producción de pescados o de gambas [...] 

 Muy  pocos lugares conozco que me causen tal impresión 

Absoluta existencial radical 

 Los santuarios griegos 

 La prisión 

 Las islas 

 Y la fábrica 

Cuando sales de ellos 

No sabes si te incorporas al mundo real o si lo abandonas”.


Joseph Ponthus, Desde la línea



__

(*) Ponthus hace alusión a la obra de Marcel Proust En busca del tiempo perdido, escrita entre 1908 y 1922, y que consta de siete partes.