domingo, 4 de julio de 2021

¿Conocen a Dorothy Parker?

Alguna vez, la escritora y colaboradora asidua de revistas como VogueVanity Fair y The New Yorker dijo que nadie te desprecia por ser ladrón, sólo cuando eres una celebridad. Creo que ya va siendo hora de celebrar a Dorothy Parker, una mujer sobre la que han recaído numerosos epítetos, y ninguno halagador: alcohólica, lenguaraz, resentida, arrogante e incluso que usaba el mismo perfume que usaban los sepultureros en los entierros. En el de Scott Fitzgerald, dicen que dijo: “Poor son of a bitch” [Pobre hijo de puta], pero nadie se dio cuenta de que estaba citando la escena del entierro de El gran Gatsby. La autora de La soledad de las parejas, cuya Narrativa completa (Complete Stories, 1995) acaba de reeditar Penguin Random House en su colección de bolsillo, creció siendo una niña tímida que se hacía preguntas ilimitadas en su cabeza. De madre escocesa, padre judío —de apellido Rothschild— y madrastra empeñada en proporcionarle una educación católica, Dorothy cortó pronto amarras con su familia para irse a vivir a Nueva York. Allí comenzó a trabajar para Vogue, donde redactaba notas sobre moda y a veces poemas satíricos sobre el suicidio: “Las navajas duelen; / el río está húmedo. / El ácido mancha; la droga da calambres. / La pistola no es lícita; los nudos atrapan. / Huele fatal el gas; quizá vivir, ¿no?”. De Vogue pasó a Vanity Fair, donde conoció al periodista Robert Benchley —abuelo de Peter Benchley, autor de Tiburón— y al dramaturgo Robert Sherwood. Ambos estaban encantados con la lengua afilada de Dorothy, que nada tenía que ver con la de su homónima de El mago de Oz. El trío estableció su cuartel general en el Algonquin, un hotel al que iba a almorzar, situado en Times Square. Pronto llamaron la atención de otros dos comensales habituales, Franklin Pierce Adams y Alexander Woolcott, con quienes entablaron amistad. Lo que comenzó como una serie de encuentros informales para beber, jugar al póquer y charlar sobre temas de actualidad acabó por institucionalizarse con el nombre de la Mesa Redonda del Algonquin, también conocida como el Círculo Vicioso*. Adams y Woolcott fueron los principales responsables del mito de Dorothy Parker. Su nombre, invariablemente unido a una frase ocurrente o a un comentario sarcástico, comenzó a aparecer en las columnas diarias que ambos escribían para el Herald Tribune y el New York Times: “Como dijo Dorothy Parker…una mierda en tu propio retrete no te molestaría tanto porque sabrías qué hace allí, pero pensar donde está tu propio marido, puede llegar a enloquecerte”.  Para los lectores de las columnas de cotilleo de Adams  y Weoolcott, Dorothy Parker se pasaba la vida de fiesta en fiesta con una copa de martini** en la mano. Por el contrario, sus relatos breves demuestran que no sólo no la conocían en absoluto, sino que era una escritora inteligente, repleta de ingenio, refinamiento y humor.

 


 

“¿Conocen a Dorothy Parker? ¿Cómo es? ¡Oh, es terrible! ¡Es venenosa! Se sienta en un rincón y se queda enfurruñada durante toda la noche, sin decir ni pío. La mujer más sosa que has visto en tu vida. ¿Sabes?, dicen que no escribe ni una palabra de lo que publica. Dicen que paga a un pobre sujeto que vive en una casa de vecinos del sur del East Side, le da diez dólares por semana y se limita a firmar. El pobre individuo se ve obligado a escribir para mantener a su madre paralítica y. a los cinco hermanitos que tiene a su cargo. Durante el día, además,  cose ojales. Oh, es malísima. Qué poco saben, estos idiotas cegatos, que estoy llena de ternura y afecto, que ardo en deseos de dar, dar y dar.  Lo único que ven es este desgraciado envoltorio exterior. Ahora hay un hombre que lo mira. Muy bien, muchacho, adelante, mira lo que quieras. Tiene gracia, ¿no? Parezco tonta de remate, aquí sentada con las manos en la rodilla. Sí, y, además, seré la única en tocarla”.

 

Dorothy Parker, Narrativa completa

 

 

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(*) Véase la película La Sra. Parker y el Círculo Vicioso (Mrs. Parker and the Vicious Circle, 1994) de Alan Rudolph, protagonizada por Jennifer Jason Leigh.

(**) “I like to have a Martini,
 two at the very most.
 After three I’m under the table,
 After four I’m under my host”. [Me gusta tomarme un martini, dos a lo sumo. Después del tercero estoy debajo de la mesa; después del cuarto debajo de mi anfitrión]. Cita atribuida a Dorothy Parker, a pesar de que no está en ninguna de sus obras.



viernes, 25 de junio de 2021

Ivy Compton-Burnett o ese destino tan temido

La novelista Ivy Compton-Burnett (1884-1969) forma parte de una serie de autores ingleses a caballo entre el siglo XIX y el XX cuya obra demuestra la existencia de una sensibilidad burguesa claramente distintiva. Sus novelas están pobladas de maridos y mujeres, padres e hijos, hermanos y hermanas, criados y doncellas —cualquiera que sea el grupo, más mujeres que hombres—, que se sienten atrapados en una sociedad obsesionada con el pasado y que no termina de adaptarse al presente. Lo que más sorprende de estas novelas, que ahora reedita Anagrama en edición de bolsillo cuatro décadas después de su publicación, Criados y doncellas (Manservant and Maidservant, 1947), Padres e hijos (Parents and Children, 1941) y Una herencia y su historia (A Heritage and Its History, 1959), es que Compton-Burnett consiguiera abordar esos temas con un finísimo humor, no exento de ironía. No son muchos los escritores que puedan presumir de dibujar una sonrisa permanente en la cara del lector con solo unas pocas líneas de diálogo entre dos personajes. “Lástima que no tengas mi encanto, Simon —dijo Walter Challoner. —Bueno, siempre es mejor que en una familia cada cual tenga lo suyo”, leemos al comienzo de Una herencia y su historia. O este otro diálogo, al comienzo de Padres e hijos: “Me parece que no puedo enorgullecerme de mis pensamientos —dijo Eleanor Sullivan. —En ese caso, estoy seguro de que son diferentes del resto de ti, querida”. Compton-Burnett fue considerada en vida como una igual de Jane Austen y Henry James —curioso binomio para expresar una distinción fuera de lo común—, pero su nombre desapareció prácticamente del panorama literario tras su muerte hasta el punto de hacerse completamente invisible para las nuevas generaciones. He aquí y ahora una oportunidad para conocer su obra y su historia. Compton-Burnett se dedicó siempre a captar, a través de sus subversivos diálogos, la textura de las relaciones de la alta burguesía inglesa venida a menos después del refinamiento victoriano. Como escribe el escritor Sergio Pitol, en el prólogo de Criados y doncellas, “en los espacios imaginados por Ivy Compton-Burnett la ropa sucia se lava siempre en casa”. Los ricos también ensucian y no limpian, al menos mientras puedan pagar manservant and maidservant. Pero una cosa es segura, las novelas de Compton-Burnett tienen lo mejor de ambos mundos. El mundo de arriba y el mundo de escaleras abajo.

 

 


 

“—Hubiese sido suficiente con seis chuletas —dijo Horace—. Saben que no comemos siete. Y una chuleta fría no sirve para nada. Eso quiere decir que uno de los criados se la comerá para la cena. 

—¿Y te parece que eso es no servir para nada? —inquirió Mortimer.

—Sí, cuando tienen otras cosas para comer. Será un extra, lo que es puro derroche.

—No tan puro, ¿verdad? —sonrió Emilia.

        —Supongo que la cocinera pensó que Emilia o yo desearíamos una segunda chuleta —dijo Charlotte—. No me parece una cosa tan extraordinaria.

—Desearía que no pensasen —dijo Horace, que alternaba ese deseo con el contrario—. Nosotros podemos pensar por ellos.

—Pero hay otras cosas que no podemos hacer sin ellos —intervino Emilia—. En eso reside la fuerza de su posición.

—Me serviré la chuleta —declaró Charlotte—, y así evitaré que se cumpla ese destino tan temido”.

 

Ivy Compton-Burnett, Criados y doncellas



domingo, 13 de junio de 2021

La pequeña linterna de la literatura

Hace tiempo que no actualizo este blog, y me pregunto si se debe a que, como el protagonista de la primera novela del poeta zaragozano Juan Marqués, El hombre que ordenaba bibliotecas (Pre-Textos, 2021), esté inmerso en una crisis vocacional que implica también desprenderme de los libros —de algunos, no todos por supuesto—, que tan necesarios han sido para mí. En mi caso, ha sido por problemas de espacio libre en las estanterías, cajones y armarios, que en pocas semanas han venido a ocupar otros libros: Leica Format (Automática) de Daša Drndić, Primavera (Nórdica) de Ali Smith, La herencia (Dos Bigotes) de Matthew López, Mar abierto (Tusquets) de Benjamin Myers, Aviones sobrevolando un monstruo (Anagrama) Daniel Saldaña, Los años extraordinarios (Literatura Random House) de Rodrigo Cortés, El hombre al que amamos (Rata) de Roberto Camurri, La deriva (Seix Barral) de Namwali Serpell, Friday Black (Libros del Asteroide) de Nana Kwame Adjei-Brenyah, Historia de un chico (Blatt & Ríos) de Edmund White, etcétera. Desde mi primera infancia estuve subyugado por los libros. Un psicoanalista —y esto lo sé a ciencia cierta diría que aún lo estoy. Por fortuna, no estoy solo. Me reconozco en algunos de los personajes que transitan por las escasas cien páginas de El hombre que ordenaba bibliotecas, aunque no comparto ninguno de sus caprichos y excentricidades. El héroe y narrador de esta novela —o nouvelle, más bien, después de poner un anuncio en el periódico ofreciéndose a ordenar bibliotecas ajenas (“Me adapto a sus gustos y a su presupuesto. Busco y compro libros para usted. Completo carencias. Corrijo las erratas de sus estanterías. Elimino sigilosamente libros de Houellebecq. Las ordeno y asesoro según su propio criterio: alfabético, cronológico, temático, cromático, idiomático... Dependiendo de lo que le guste a usted, me reservo el derecho a la objeción de conciencia”), se da de bruces con una realidad todavía más amarga que la suya. Así entra en contacto con una chica que sólo quiere poseer libros que contengan mapas; un tía lejana suya que quiere muchos libros de color verde, porque ambiciona formar “una especie de biblioteca vegetal”; un hombre de mediana edad que persigue poseer primeras novelas, óperas primas, sean de quien sean; una mujer que pretende crear una biblioteca sólo con obras de autores cuyo apellido empiece por S. En El hombre que ordenaba bibliotecas, Marqués repasa las vidas de un puñado de hombres y mujeres que viven el amor por los libros en el límite mismo del exceso. Combina, como lo haría un pintor, materiales fríos y calientes, que arrancan una sonrisa o provocan una reflexión crítica: “La literatura es un pequeña linterna en un planeta lleno de luz que está en medio de un universo anegado de oscuridad, un espacio eternamente hundido en la noche. No hay solución para eso, y no hace falta, pero hay que tenerlo en cuenta”. Juan Marqués es otro al que hay que tener en cuenta por su extraordinaria mirada lúcida sobre los libros y la vida.

 


 

“Para que una casa sea digna de ser llamada ‘hogar’ ha de tener más libros que baldosas. No se trata, por supuesto, de que se acumulen los volúmenes por todos lados, empantanado la casa, complicando la convivencia o precipitando divorcios..., sino de que se superpongan las lecturas dentro de uno mismo, ampliando el mundo interior, ensanchando la forma de mirar”.

 

Juan Marqués, El hombre que ordenaba bibliotecas



sábado, 29 de mayo de 2021

Las perlas literarias de Flaubert

“Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia”. Así contaba Mario Vargas Llosa, en su ensayo La orgía perpetua, el ensimismamiento que le produjo la lectura de Madame Bovary de Gustave Flaubert, opinión que comparto plenamente. Esta orgía no ha variado mucho a lo largo de los años, incluso me aventuraría a decir que cualquier libro de Flaubert causa la misma sensación orgiástica. Esta semana, sin ir más lejos, me ha sucedido con una antología de la correspondencia de Flaubert, publicada por Alianza con el título El hilo del collar* (edición, selección y traducción de Antonio Álvarez de la Rosa). Entre los destinatarios de las cartas destacan su amante Louise Colet (“Esta noche me gustaría tenerte aquí, besarte en los labios, pasar mis manos por debajo de tus ligeros papillotes** y poner la cabeza sobre tu pecho, aunque me esté prohibido desde que viste que hablaba del suyo a la señora Foucaud”) y la escritora George Sand, con la que mantuvo una relación epistolar de pupilo y maestra. Flaubert encabeza las cartas a Sand llamándola “querida y buena maestra”. Aunque les separaba una diferencia de edad de casi veinte años, ambos formaban parte de un pequeño grupo de mentes privilegiadas que sentían lo mismo, al mismo tiempo y con la misma intensidad: “La humanidad no ofrece nada nuevo. [...] Creo que la multitud, el número, el rebaño siempre serán odiables. Lo único importante es un pequeño grupo de mentes, siempre las mismas, que se van pasando la antorcha”. Hoy en día ser escritor consiste, sobre todo, en producir más obras de las que necesitamos y lograr su minuto y medio de gloria. Sin embargo, para Flaubert ser escritor consistía en vivir esa particular relación del yo con el mundo. Pero por mucho que quisiera explorar el mundo —en los años de juventud el mito de Oriente le llevó a Egipto, Constantinopla, Grecia e Italia—, se impuso un exigente calendario de escritura que le aisló de él, al menos del mundo de su presente cotidiano. Como cualquiera, sufría sus intromisiones pero no conseguían apartarlo de su tarea. Para Flaubert, el verdadero viaje era la consecución de la palabra exacta, le mot juste: “Solo con el esfuerzo se consigue algo, todo tiene su sacrificio. La perla es una enfermedad de la ostra y el estilo quizá sea la superación de un dolor más profundo”. El hilo del collar es un libro profundo, airado y a veces enormemente conmovedor. Cada una de las cartas nos depara una inesperada vuelta de tuerca sobre su vida y su obra.

 

 


 

“Nuestra ignorancia de la historia hace que calumniemos nuestro tiempo. Siempre hemos sido así. Nos han engañado algunos años de calma. Eso es todo. También yo creía en la mejora de las costumbres. Hay que eliminar ese error y no tenernos en más estima que la que se tenían en la época de Pericles o Shakespeare, épocas atroces en las que se hicieron cosas hermosas”.

 

Gustave Flaubert, El hilo del collar

 

 

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(*) El título está tomado de una metáfora de Flaubert a propósito de las dificultades con las que se tropezó para escribir La tentación de San Antonio, la cual también sirve para explicar esta pequeña selección de su inmensa correspondencia: “Hablas de perlas, pero las perlas no forman el collar, es el hilo”. (Carta a Louise Colet,  31 de enero de 1852).

(**) Papillote. (Del fr. papillote.) 1. s. m. Rizo de pelo formado y sujeto con un papel.



 

 

sábado, 8 de mayo de 2021

Lo que hacemos en las sombras

Partiendo de uno de sus vigorosos arranques, Jay McInerney (Connecticut, 1955) desplegó en su primera novela, Luces de neón (Bright Lights, Big City, 1984) una soberbia historia de juventud y destrucción: “No, no eres la clase de tipo que estaría en un lugar como éste a estas horas de la madrugada. Pero aquí estás, y no puedes decir que el terreno te sea del todo extraño, a pesar de que los detalles están borrosos. Estás en una discoteca hablando con una chica que tiene la cabeza rapada. La discoteca ha de ser Heartbreak o bien Lizard Lounge. Todo se aclararía si pudieras escabullirte a los lavabos y aspirar un poco más de Polvo Mágico Boliviano. Pero puede que no. Una vocecita interior insiste en que tu epidémica falta de claridad es el resultdo de un exceso de todo esto. La noche ha llegado a ese punto imperceptible en que las dos de la mañana se hace súbitamente las seis”. Luces de neón, publicada primero en forma de relato bajo el título It’s 6am, Do You Know Where You Are? [Son las 6 de la mañana¿sabes dónde estás?],  se ha erigido hoy en una obra decisiva de su trayectoria literaria junto a novelas como las que componen la trilogía sobre el matrimonio Calloway: Al caer la luz (Brightness Falls,1992; Libros del Asteroide, 2017), La buena vida (The Good Life, 2006; Libros del Asteroide, 2018) y Días de luz y esplendor (Bright, Precious Days, 2016, Libros del Asteroide, 2021)*. Esta última acaba de llegar a las librerías españolas cuando ya no esperábamos volver a saber de Russell y Corrine Calloway —guapos y ricos, pero también perseguidos por sus demonios, como los personajes de Francis Scott Fitzgerald—, después de haberlos dejado asomados a su propio abismo al final de La buena vida: “De ahí en adelante, todo constituiría un descenso gradual, ya fuera más rápido o más lento, desde el pesar hacia el olvido”. Si en La buena vida el derrumbe de las Torres Gemelas es la metáfora del rugir de lo perdido, en Días de luz y esplendor la quiebra de Lehmam Brothers viene a avisarnos de que se puede perder mucho más. Días de luz y esplendor se abre con una oda a Nueva York y a los libros, claro está—, que explica y justifica el apego del autor por su ciudad de adopción. En unas pocas líneas, McInerney nos regala una más que nostálgica descripción de la ciudad, consiguiendo uno de los mejores comienzos de novela que uno es capaz de recordar: “Hubo un tiempo, no hace mucho, en que los jóvenes acudían a la ciudad porque amaban los libros, porque querían escribir novelas o relatos cortos —o incluso poemas, nada menos—, o porque querían participar en la producción y distribución de dichos artefactos y estar en contacto con la gente que los creaba. Para aquellos que frecuentaban bibliotecas de las afueras y librerías provincianas, Manhattan era la reluciente ciudad de las letras. New York, New York. Estaba ahí mismo, en la página de créditos: era el lugar del que emanaban libros y revistas, hogar de todos los editores, sede del New Yorker y de la Paris Review, donde Hemingway le dio el puñetazo a O’Hara y Ginsberg sedujo a Keroauc, donde Hellman demandó a McCarthy y Mailer la emprendió a golpes con todo el mundo, y donde los aspirantes a novelistas [...] adoraban los textos sagrados de Nueva York: La casa de la alegría, El gran Gatsby, Desayuno en Tiffany’s [...] Todos habían leído El guardián entre el centeno, pero a diferencia del resto, a ellos les había llegado de verdad al corazón: les hablaba en su misma lengua y les inspiraba la secreta ambición de mudarse a Nueva York algún día y de escribir una novela titulada El vuelo de los patos en invierno, o quizá sencillamente Patos en invierno**”. En Días de luz y esplendor los Calloway todavía están juntos. Pero no son felices. Hace tiempo que han dejado de querer lo que tienen, el uno al otro. Los que aplaudieron Manhattan de Woody Allen, o la Crónica de los Wapshot de John Cheever, disfrutarán en estas páginas de asuntos afines contados con la certeza y osadía de alguien nacido para escribir. Todo en ella refrenda lo que ya apuntó Ursula K. Le Guin: “Cuando enciendes una vela, también proyectas una sombra”. 





“Los mejores matrimonios, como los mejores barcos, son los que saben capear los temporales. Se enfrentan al oleaje, se estremecen, escoran y están a punto de volcar, pero al final consiguen enderezarse y siguen navegando rumbo al horizonte. Al fin y al cabo, se cimientan sobre una sola premisa: en lo bueno y en lo malo. Su matrimonio, si bien no era exactamente ‘boyante’, estaba al menos en condiciones de navegar”.


Jay McInerney, Días de luz y esplendor



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(*) El primer volumen está traducido por Mariano Antolín Rato y los dos restantes por Patricia Antón.

(**) McInerney hace alusión a la conversación que mantiene el protagonista, Holden Caulfield, con un taxista llamado Horwitz: “¿Pasa usted muchas veces junto al lago de Central Park? ¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?”.



domingo, 2 de mayo de 2021

Yonqui de testosterona

Rara avis allá en el género que queramos asociarle, el filósofo y escritor Paul B. Preciado partió de su propia experiencia como hombre transgénero* para entregar al lector en 2008 un Testo yonqui, o si lo prefieren, un texto de imposible clasificación, a medio camino entre la narración autobiográfica y el ensayo filosófico, que modificó para siempre nuestra concepción de la sexualidad y los códigos normativos de reconocimiento visual, y que ahora reedita Anagrama revisado y corregido. Testo yonqui, título tomado de la novela de William Burroughs, está gobernado por una sensación que el autor del Manifiesto contrasexual y Pornotopía convierte en convicción: “Vivimos en la hipermodernidad punk: ya no se trata de revelar la verdad oculta de la naturaleza, sino que es necesario explicar los procesos culturales, políticos, técnicos a través de los cuales el cuerpo como artefacto adquiere estatuto natural. El oncomouse, ratón de laboratorio diseñado biotecnológicamente para ser portador de un gen cancerígeno, se como a Heiddegger. Buffy, la cazavampiros, se come a Simone de Beauvoir. El dildo, paradigma de todas las prótesis de teleproducción del placer, se come la polla de Rocco Siffredi. No hay nada que desvelar en el sexo ni en la identidad sexual, no hay ningún secreto escondido. La verdad del sexo no es desvelamiento, es sex design”. Preciado, alumno del filósofo francés Jacques Derrida, cuenta cómo siente en su propio cuerpo los efectos de la testosterona que se administró durante ocho meses en dosis de 50 y 100 miligramos por semana, cómo le sube la virilidad farmacológica y sale a recorrer las calles de París a las seis de la mañana después de escribir toda la noche sus reflexiones filosóficas, sus narraciones sobre la administración de hormonas y relatos detallados de encuentros sexuales sola o en compañía del escritor Guillaume Dustan**, cuya muerte en 2005 por intoxicación de medicamentos prescritos para paliar los efectos del sida resultó un duro golpe para Preciado. A lo largo de las páginas de Testo yonqui, Dustan aparece y desaparece como un fantasma: “Han pasado doce días después de tu muerte. […] Tu figura emerge detrás de un arbusto, la misma manera de llevar el pantalón vaquero, el mismo mechón de vello denso y negro que asoma por el cuello de tu camiseta blanca. Tu fantasma excava en mi memoria y saca todo lo que encuentra: me llamas. […] Me dices que soy como cualquier otra lesbiana, haciendo de enfermera política de cualquiera que encuentro. Te digo que no soy lesbiana, que soy trans, que soy un tío, que el hecho de que no tenga una bio-polla de mierda como la tuya no significa que no sea un tío”. Como cualquier ficción que se precie —y ésta lo es, “una ficción autopolítica o una autoteoría” sobre el cuerpo como campo de batalla de todas las luchas—, Testo yonqui es un libro que engancha como la mejor de las adicciones. El propio título ya debería ponernos sobre aviso.

 

 

“No hay ninguna droga tan pura como la testosterona en gel. No tiene olor alguno. Sin embargo, un día después de la administración, mi sudor se hace más ácido y más dulzón. Emana de mí un olor a muñeco de plástico calentado al sol o de licor de manzana olvidado en el fondo de un vaso. Es mi cuerpo el que reacciona a la molécula. La testosterona no tiene sabor. No tiene color. No deja huella. La molécula de testosterona se disuelve en la piel como un fantasma atraviesa un muro. Entra sin llamar. Penetra sin marcar. No es necesario ni fumarla, ni esnifarla, ni inyectarla, ni tan siquiera tragarla. Me basta con acercármela a la piel, y así, por simple vecindad con el cuerpo, desaparece para diluirse en la sangre”.

 

Paul B. Preciado, Testo yonqui

 

 

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(*) Nació en Burgos en 1970 y recibió el nombre de Beatriz Preciado.

(**) Dustan es autor de la novela autobiográfica En mi cuarto (Dans ma chambre, 1996), donde describe sin tabúes ni trabas el infierno de las drogas y el sexo sin freno: “El semen está bueno, también yo tengo ganas de tragarlo, la follada es una verdadera gozada cuando se puede hacer de todo”. Hay edición española en Reservoir Books.



domingo, 25 de abril de 2021

El año en que me enamoré de Pia Pera

Que un libro como Aún no se lo he dicho a mi jardín (Al giardino ancora non l'ho detto, 2016; Errata naturae, 2021) de la escritora italiana Pia Pera exista es fruto del amor. Amor incondicional por el cuidado del jardín como forma de vida, un sentimiento compartido con otros autores como Marco Martella* (Un mundo pequeño, un mundo perfecto), Masanobu Fukuoka (La revolución de una brizna de paja), Vita Sackville-West (Mis flores), Penelope Lively (Vida en el jardín), Jerzy Kosinski (Desde el jardín), o cineastas como Derek Jarman, quien después de que le diagnosticaran que era portador del virus del VIH en 1986 se mudó  a una cabaña de pescadores en la costa de Kent, donde pasó los últimos años de su vida cuidando del jardín delantero: “Nunca tendría que haber hecho cine, es una idiotez. Lo que quiero es ocuparme del jardín. El jardín es el lugar ideal para morir; tiene magia, la magia de la sorpresa; es un tratamiento, una farmacopea”. Al igual que Jarman, Pia Pera se retiró a cuidar de su jardín cuando le diagnosticaron que padecía esclerosis lateral amiotrófica. En un rincón privilegiado de la Toscana, entre Pisa y Lucca, en la ladera del Monte Pisano, la autora pasó los últimos cuatro años de su vida** entregada a la más efímera de las artes: la jardinería. Allí nacieron estas memorias, escritas a tumba abierta, que toman el título de un poema de Emily Dickinson: “Aún no se lo he dicho a mi jardín, / por miedo a que se apodere de mí. / Aún no me veo con la fuerza / de confesárselo a la Abeja. / Prefiero no hablarlo por la calle, / evitar la mirada de los escaparates: / ¿cómo tiene la desfachatez de morir / alguien tan tímida, tan ignorante? / No pueden enterarse las colinas / por las que tanto deambulé, / tampoco los amados bosques, / del día en que me iré. / No lo susurraré en la mesa, / ni dejaré caer, como si nada, / que alguien en el Misterio / se adentrará esta mañana”. Si algo distingue Aún no se lo he dicho a mi jardín es la sencillez y la honestidad brutal con que está escrito de la primera a la última línea: “Un día de junio de hace unos años, un hombre que decía quererme observó, en tono de reproche, que cojeaba. No me había dado cuenta. Era una cojera casi imperceptible, apenas una desarmonía al caminar, un mal ritmo. [...] Comprendí que no podía cumplir mi deseo de morir de pie, algo que siempre había considerado mi sacrosanto derecho”. Cuesta mucho resumir un libro que estremece y conforta a partes iguales, como observar un jardín en la quietud de la noche. Aún no se lo he dicho a mi jardín es una obra entre géneros, un cuaderno de notas, un diario sin días ni meses, marcado por las estaciones, por lo que sucede en el jardín —frío, lluvia, plantas que crecen y mueren— y sobre todo en el cuerpo agotado de la escritora, enganchado a un gotero de inmunoglobulinas, y pese a eso maravillada por la desnudez de los tulipanes. 

 



“Éste ha sido el año en que me he enamorado de los tulipanes. Siempre me habían parecido flores frígidas, antinaturales, exentas de fragancia, frías, adulteradas, vistosas, vulgares. [...] Cuánto tiene que avergonzar al tulipán que lo obliguen a exhibirse impúdicamente ante nuestra mirada, como un cuerpo en la mesa del anatomista, y qué despreocupado y libre parece, en cambio, cuando su cabeza escarlata asoma en el mar verde de la hierba, mostrando su indiferencia hacia nosotros, entre esa multitud de plantas que se le asemejan, dichoso y perdido en la multitud”.

 

Pia Pera, Aún no se lo he dicho a mi jardín

 

 

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(*) Bajo los heterónimos de Jorn de Précy y Teodor Cerić, Martella también ha publicado El jardín perdido y Jardines en tiempos de guerra, respectivamente. Hay edición española en la editorial Elba.

(**) Pia Pera murió a los 60 años, el 26 de julio de 2016.


 

domingo, 11 de abril de 2021

El nuevo amanecer de Octavia E. Butler

Por lo general, la literatura norteamericana ha glorificado el género de la ciencia ficción, pero ha maltratado a los autores —con la salvedad de unos pocos, como Isaac Asimov, Ray Bradbury o Robert A. Heinlein— que lo practicaron con denuedo; algunos incluso con auténtica obsesión, como Philip K. Dick; otros teniéndolo todo en contra, como Octavia E. Butler, escritora afroamericana, única hija de un limpiabotas, Laurice James Butler, y una criada, Octavia Margaret Guy, que vivió en sus propias carnes la segregación racial de los años cuarenta y cincuenta en los Estados Unidos: "Nunca me gustó verla entrar por las puertas de atrás. Si ella no se hubiera dejado humillar, yo nunca hubiera comido decentemente. Por eso quise escribir una novela que hiciera sentir la historia: el dolor y el miedo que los negros han tenido que aguantar para poder sobrevivir", escribió Butler a propósito del origen de su novela más emblemática Kindred*, que narra el viaje en el tiempo de una joven negra desde la California de los años 70 hasta la guerra de Secesión librada entre 1861 y 1865. Octavia E. Butler (1947-2006) es noticia estos días por tres motivos, o si lo prefieren, por tres nuevos libros publicados en España en un corto espacio de tiempo que la recuperan definitivamente del olvido: Hija de sangre y otros relatos (Bloodchild and Other Stories, 1995; Consoni, 2020), La parábola del sembrador (Parable of the Sower, 1993; Capitán Swing, 2021) y la trilogía Xenogénesis titulada La estirpe de Lilith (Lilith’s Brood. The Xenogenesis Series,1989; Nova, 2021), que comprende las novelas Amanecer (Dawn, 1987), Ritos de madurez (Adulthood Rites, 1988) e Imago (Imago, 1989). La leyenda de Butler como escritora feminista y, sobre todo, más allá de la (ciencia) ficción comenzó a labrarse con Amanecer. No sólo fue el primero de sus libros publicados en nuestro país**, sino también el primero que le abrió las puertas (de delante) en todo el mundo por su enfoque de temas sociales como el género, la sexualidad y otras cuestiones similares hoy de actualidad desde una perspectiva antropológica y especulativa. Como su propio título indica, Amanecer comienza con el despertar de la protagonista en una nave espacial. Lilith Iyapo ya ha tenido otros Despertares, pero este será el último. El gran Despertar. Apenas recuerda la guerra entre Estados Unidos y la URSS que causó la destrucción casi total de la humanidad. Tampoco recuerda su captura por los oankali, la raza alienígena que llegó justo a tiempo para rescatar a los últimos humanos y colocarlos en animación suspendida a bordo de su enorme nave biológica. A diferencia de los seres humanos, los oankali tienen tres tipos de sexo: masculino, femenino y ooloi. Han pasado 250 años y la Tierra vuelve a ser habitable. Los oankali ayudarán a la humanidad a recuperar la Tierra y comenzar una nueva cultura, pero a un precio que cambiará el significado de la palabra humano. La estirpe de Lilith es una trilogía tan inclasificable como sorprendente, llamada a dejar una gran huella en la historia del género, como la serie de Miles Vorkodsigan de Lois McMaster Bujold.

 


 

“Lilith se desnudó, negándose a pensar en lo que les parecería eso a los humanos que aún estaban conscientes. Ahora estarían seguros de que era una traidora. Se desnudada en el campo de batalla para yacer con el enemigo. […] Nikanj penetró su cuerpo con cada tentáculo de su propio cuerpo y de su cabeza capaces de alcanzarla y, por una vez, ella lo sintió como siempre había imaginado que sería. ¡Dolía! Era como verse usada, sin previo aviso, como un alfiletero. Se quedó sin aliento, pero consiguió no apartarse. El dolor era soportable, probablemente nada en comparación con el que Nikanj debía de estar sufriendo, fuera cual fuese la forma en que experimentaban el dolor ”. 

 

Octavia E. Butler, Amanecer (La estirpe de Lilith)

 

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(*) Hay edición española: Parentesco (Kindred, 1979; Capitán Swing, 2018), con traducción de Amelia Pérez de Villar.

(**) Lo publicó la editorial Ultramar en 1989, con traducción de Luis Vigil García**; la misma que publica ahora Nova, pero revidada y actualizada por Pilar Márquez. 



domingo, 4 de abril de 2021

Las vidas negras importan

Hace apenas veinticuatro horas, en torno a las dos de la madrugada, terminé de leer Cómo luchamos por nuestras vidas (How We Fight for Our Lives: A Memorir, 2019; Dos Bigotes, 2021; traducción de Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent) del poeta y escritor afroamericano Saeed Jones. Tras despertarme, a las ocho y media, volví al libro, anoté algunas frases en mi libreta, y me dije que las memorias de Jones no tratan simplemente sobre su lucha por llegar a ser él mismo —“Si mi país iba a odiarme por ser negro y gay, no tenía más remedio que hacer de mí mismo un arma”—, sino también acerca del recuerdo constante de que no basta con sobrevivir, hay que vivir. Jones, poeta galardonado en 2015 por su libro de poemas Prelude to Bruise, en el que denuncia la intolerancia racial y la violencia homofóbica estructural, cultural y familiar —“Father in my room / looking for more sissy clothes / to burn” [Padre en mi habitación / buscando más ropa mariquita / para quemar]—, tuvo claro desde el principio que no quería inscribir su nombre en el club de los poetas muertos: “Melvin Dixon*: muerto, 1992. Essex Hemphill**: muerto, 1995. Joseph Beam***: muerto, 1988. Assotto Saint****: muerto, 1994. Reginald Shepherd*****: muerto, 2008. […] Es demasiado fácil que un hombre gay negro se ahogue****** entre los nombres de otros hombres gais negros muertos”. Aunque parezca un ejercicio de memoria, no lo es. Jones tiene las vidas de estos cinco poetas muy presentes en su libro. De ahí que utilice el plural mayestático en el título. Cómo luchamos por nuestras vidas documenta el proceso por el cual un adolescente gay negro en Estados Unidos —la América del Black Lives Matter, del crimen de odio anti-LGBT de Matthew Shepard, de la agitación social, la ira y la injusticia— se aleja de los espacios de socialización tradicionales, desarrollando compartimientos peligrosos en busca de su propia identidad: “Las personas no somos como somos porque sí. Sacrificamos versiones anteriores de nosotros mismos. Sacrificamos a las personas que se atrevieron a educarnos. La identidad parece no existir hasta que puedes decir ‘Ya no te pertenezco’. […] En apariencia, era un estudiante universitario modelo y feliz. Me había retorcido hasta encajar en la imagen del joven que esperaba que viera mi madre cuando me miraba. Sin embargo, aquello no tenía nada que ver con cómo me sentía cuando me quedaba solo. De pie, frente al espejo, mi reflejo y yo éramos animales rivales dispuestos a arrancarnos las extremidades, una a una, el uno al otro”. Pese a querer ser una parte auténtica de él, el mundo en el que se desenvuelve el yo adolescente de Jones no es sincero ni auténtico, pero tampoco hay razones objetivas para serlo. Buena parte de Cómo luchamos por nuestras vidas no es tanto una historia de supervivencia, como una historia de transformación, sustentada en la necesidad de fundar una nueva moral, incluso desde la culpa, reconociendo los errores y pecados propios.

 

 


 

Al igual que algunas culturas tiene cien palabras para decir ‘nieve’, debería haber cien palabras en nuestro idioma para todas las formas en las que un niño negro puede permanecer despierto por la noche”. 

 

Saeed Jones, Cómo luchamos por nuestras vidas

 

 

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(*) Dixon murió de sida, a los 42 años. Es autor de Trouble the Water y Vanishing Rooms.

(**) Hemphill murió de sida, a los 38 años. Es autor de Ceremonies: Prose and Poetry y Conditions.

(***) Beam murió de sida, a los 34 años. Es autor de las antologías Brother to Brother e In the Life.

(****) Saint murió de sida, a los 37 años. Es autor de Triple Trouble y Stations.

(*****) Sheperd murió de cáncer, a los 45 años. Es autor de Some Are Drowning y Angel, Interrupted.

(******) Jones hace alusión al título del libro de poemas de Sheperd Some Are Drowing [Algunos se están ahogando].



lunes, 29 de marzo de 2021

Estamos perdonados hagamos lo que hagamos

Soy un lector asiduo de las novelas que tienen lugar, en todo o en parte, en el mar: Moby Dick de Herman Melville, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, El lobo de mar de Jack London, La línea de sombra de Joseph Conrad, Capitanes intrépidos de Rudyard Kipling, El viejo y el mar de Ernest Hemingway y La nave de los muertos de B. Traven, entre otras. No estoy muy seguro de la razón de esta predilección, pero tal vez tenga que ver con la manera de ser de los marinos. “En el camarote, sentados alrededor de una lámpara que, con su luz agonizante, volvía aún más tétrica la oscuridad, todo el mundo tenía algún naufragio o catástrofe que relatar”, escribe Washington Irving en su relato The Voyage (La travesía*)donde un narrador —el propio Irving— describe los sentimientos, pensamientos y experiencias de su viaje de América a Europa a principios del siglo XIX: “Mientras la última línea azulada de mi país natal se desvanecía como una nube en el horizonte, sentí como si hubiera cerrado un tomo del mundo con sus preocupaciones, y dispusiera de tiempo para la meditación antes de abrir otro”. Digo esto porque hace poco añadí un nuevo libro a mi colección de historias del mar. El libro se llama La guardia (Βάρδια, 1954; Trotalibros, 2021; traducción revisada de Natividad Gálvez García), y su autor es el poeta y escritor griego Nikos Kavvadías, también transcrito como Kavadías o Cavadías. El libro está escrito tomando como eje su propia vida —que, dicho sea de paso, cualquier mortal necesitaría diez vidas para igualar—, embarcado en cargueros de mala muerte con los que viajó por todo el mundo trabajando de radiotelegrafista. A través de una prosa clara y sencilla, Kavadías consigue transmitir de forma eficaz tres aspectos de la vida a bordo de un barco mercante: la convivencia condicionada por las rutinas diarias, la soledad y las conversaciones —machistas, homófobas, racistas— en el puente durante las guardias. Es a través de estas últimas que vemos, oímos, olemos y experimentamos la vida en alta mar. Aunque en la novela de Kavadías no hay capitán Ahab, ni Ismael, ni Queequeg, ni Pequod, ni ballena blanca, sin embargo están todos —con otros nombres, con otras identidades, con otros acentos— en las historias que se cuentan de diferentes barcos, rumbos y derroteros: “Cambias de barco y tienes que acostumbrarte al balanceo del nuevo. Cada barco posee el suyo”. También en las historias extrañas que hay detrás de cada uno de los oficiales y marineros del Pytheas: sexo desmedido, burdeles, explotación sexual, enfermedades venéreas y amores que duelen como duelen “una herida y tres aullidos**”. Al igual que sus libros de poemas***, La guardia es una brutal demostración de fuerza narrativa, contada con una franqueza y naturalidad insólitas. Literatura a bocajarro, más allá de los géneros, como no podía ser de otra forma viniendo de quien escribió, refiriéndose a los marinos, que: “Estamos perdonados hagamos lo que hagamos.

 


 

“¿Sabes que estuve pensando anoche durante la guardia? Que para nosotros, los marinos, no hay infierno en la otra vida. Lo vivimos dentro de esta chatarra, antes de morirnos. Estamos perdonados hagamos lo que hagamos”. 

 

Nikos Kavadías, La guardia

 

 

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(*) Hay traducción española de Marta Salís en la antología titulada Relatos del mar. De Colón a Hemingway (Alba Editorial, 2014).

(**) De Antinomia, de su libro de poemas Traverso (De través), publicado póstumamente: “Tu amor es una herida y tres aullidos”.

(***) Alianza Editorial ha publicado recientemente su poesía completa bajo el título de La Cruz del Sur —tomado de uno de sus poemas más conocidos y versionados, Stavrós tu Notu—, con introducción, traducción y notas de David Hernández de la Fuente.




domingo, 21 de marzo de 2021

Razones para amar la pena

Pese a todo lo que se ha escrito sobre William Shakespeare, el dramaturgo isabelino continúa siendo un misterio 457 años después de su nacimiento en Stratford-upon-Avon, en Warwickshire, Reino Unido. Sus obras no se imprimieron en vida por lo que no se sabe a ciencia cierta su autoría; existen años perdidos —entre 1585 y 1592— en los que no se sabe tampoco dónde estuvo ni qué fue lo que hizo; los hay quienes arrojan dudas sobre su matrimonio, asegurando que se casó de penalti y no por amor con su novia Anne Hathaway —su primera hija, Susanna, nació seis meses después de la boda—; pero el mayor misterio de todos es la muerte de su único hijo varón, Hamnet, a los 11 años, a cuyo entierro en el cementerio de la Iglesia de la Santísima Trinidad el 11 de agosto de 1596 no asistió Shakespeare. Probablemente, quiero creer, debía de estar de gira con alguna de las obras escritas el año anterior, Trabajos de amor perdidos, Ricardo II, Romeo y Julieta o Sueño de una noche de verano. Muchos han creído ver en Hamlet, escrita hacia 1600-1, la larga sombra de la muerte de Hamnet, título incluido, aunque otros sostienen que es El rey Juan, escrita inmediatamente después de su muerte, donde el dramaturgo volcó su amargura, su dolor, su pena: “La pena llena la habitación de mi hijo ausente, yace en su cama, anda conmigo de arriba abajo, asume sus bellos rasgos, repite sus palabras, me recuerda sus graciosos miembros, rellena sus vacías prendas con su forma. Tengo entonces razón de amar la pena”. En Hamnet (Hamnet, 2020; Libros del Asteroide, 2021), la escritora irlandesa Maggie O’Farrell se apropia de este trágico episodio de la vida de Shakespeare para explorar el impacto de la pérdida en el resto de la familia, principalmente en la madre, Anne, rebautizada en la novela como Agnes. No obstante, Hamnet no está escrito con vocación de libro de duelo, como El año del pensamiento mágico de Joan Didion, Di su nombre de Francisco Goldman o Mortal y rosa de Francisco Umbral. En su perímetro externo, es un libro sobre el mundo hogareño donde se desenvuelve la vida Agnes, en Henley Street: “Están los padres [de Shakespeare], después los hijos, luego la hija, después los cerdos de la pocilga y las gallinas del gallinero, a continuación el aprendiz y, al final de todo, las criadas. Cree que su lugar, como nuera reciente, es ambiguo, entre el aprendiz y las gallinas. […] El marido de Agnes a veces está en casa y a veces no: da clases, va a las tabernas por la tarde, hace algunos recados que le manda su padre. El resto del tiempo se refugia arriba, en su cuarto, y lee o mira por la ventana”. En su perímetro interno, es un libro sobre el dolor y los medios por los cuales cada uno encuentra el modo de hacerle frente. Al igual que Constanza, en El rey Juan, Agnes busca a su hijo por todas partes, sin descanso, mientras que su marido, relegado a un papel secundario en la novela —O’Farrell nunca lo nombra explícitamente— es visto por ella como un hombre sin corazón: “Lo único que tiene dentro es eso: un escenario de madera, cómicos declamando, parlamentos memorizados, multitudes entregadas, idiotas disfrazados”. Pero la verdad es otra muy distinta. En su obra más célebre, Hamlet, Shakespeare intercambia su sitio por el de su hijo. Él es el fantasma*, el padre muerto, que viene a rogarle a su hijo —en el acto 3, escena 4—, que ayude a su madre, la reina Gertrudis: “Pero mira cómo has llenado de asombro a tu madre. ¡Oh, colócate entre ella y su agitada alma! Pues la imaginación actúa con más fuerza en los cuerpos débiles. Háblale, Hamlet”. Cómo no amar la pena con obras como Hamlet —no existe una pieza de teatro más bella, atemporal y certera, o la espléndida novela de Maggie O’Farrell, dolorosa pero bellísima, que nos invita a revisitar la obra de Shakespeare, punto de fuga de los relatos de fantasmas** de la literatura universal. 

 

 


 

“Agnes se da cuenta de que, al pensar en la fosa, el pensamiento retrocede como un caballo que no quiere saltar una zanja. Puede imaginarse andando con él hacia la iglesia, a hombros de Barthalomew y tal vez de Gilbert y de John; puede imaginarse al sacerdote bendiciendo el cadáver. Pero el descenso a la tierra, al pozo oscuro, la idea de no volver a verlo nunca más, en eso no puede pensar. No se lo puede imaginar. No puede consentir que a su hijo le suceda semejante cosa”. 

 

Maggie O’Farrell, Hamnet

 

 

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(*) Uno de los pocos papeles que está documentado que interpretó Shakespeare fue el del fantasma del padre de Hamlet.

(**) Haciendo un recuento rápido, hay fantasmas en cinco de las obras de Shakespeare: Hamlet, Julio Cesar, Macbeth, Ricardo III y Cimbelino.



domingo, 14 de marzo de 2021

El río de la vida

Acabo de leer, como si me fuera la vida en ello, Salvatierra de Pedro Mairal en la magnífica edición que ha publicado hace unos días Libros del Asteroide, editorial que ha popularizado en España la obra del escrito argentino, tras el éxito en 2017 de La uruguaya, novela que ya va por la undécima edición*. Juan Salvatierra es, digámoslo ya, un gran personaje de la literatura latinoamericana. Como Aureliano Buendía, Pedro Páramo o Larsen, “un héroe cuya única gracia es la de fracasar una y otra vez”, según el escritor Luciano Lamberti. La gracia de Salvatierra, pintor autodidacta y mudo desde los nueve años, está en su capacidad para transformar cualquier hecho trivial de su vida en un acontecimiento pictórico. Su única obra consiste en una tela de 4 kilómetros de largo donde está pintada su vida y la de su familia a lo largo de sesenta años. Tras su muerte, sus hijos Luis y Miguel viajan desde Buenos Aires a Barrancales, un pueblo del Litoral cerca de los ríos Paraná y Paraguay, para hacerse cargo de la inmensa tela dividida en sesenta rollos: “¿Qué era ese entretejido de vidas, gente, animales, días, noches, catástrofes? ¿Qué significaba? ¿Cómo había sido la vida de mi padre? ¿Por qué necesitó tomarse ese trabajo tan enorme? ¿Qué nos había pasado a Luis y a mí, que habíamos terminado con estas vidas tan grises y porteñas, como si Salvatierra se hubiese acaparado todo el color disponible? Parecíamos más vivos en la luz de la pintura, en algunos retratos que nos había hecho a los diez años comiendo peras verdes, que ahora en nuestras vidas de escribanías y contratos. Era como si la pintura nos hubiera tragado, a nosotros dos. Todo ese tiempo luminoso de provincia había sido absorbido por su tela. Había algo sobrehumano** en la obra de Salvatierra, era demasiado”. Intrigado por la obra monumental de su padre, Miguel y su hermano mayor se disponen a ordenarla y sobre todo a dar con el paradero del rollo que falta, sustraído a punta de navaja, correspondiente al año 1961. Llegados a este punto es necesario, por cortesía, no desvelar el final de la trama, solamente diré que encierra más de un misterio. Salvatierra, omnipresente pero siempre listo para dejar de ser, no es el único gran personaje de la novela, también lo es el paisaje del Litoral argentino, en donde todo cabe menos los seres humanos. Se diría que el paisaje de Salvatierra es “una larga intemperie” entre ríos. Una sensación de fin del mundo. Como sucede con los cuadros de Brueghel o El Bosco. Lo que no quita para que Salvatierra sea uno de los libros más felices que he leído este año.



“La ausencia del autor mejora la obra. El hecho de que el autor no esté presente, incomodando entre el espectador y la obra, hace que el espectador pueda disfrutarla con mayor libertad. En este sentido, el caso de Salvatierra es bastante extremo. [...] En todo el cuadro no hay un solo autorretrato; él no aparece en su propia pintura. [...]  Es como escribir una autobiografía en la que uno no esté”.


Pedro Mairal, Salvatierra



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(*) Otros títulos de Pedro Mairal publicados por Libros del Asteroide son: Una noche con Sabrina Love (2018) y Maniobras de evasión (2019).

(**) Aquí el autor juega con la mitología de la belleza y la juventud imperecederas, en clara alusión a El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, aunque a la inversa.