Un aplastante entusiasmo, eso es lo que produce la lectura de Thoreau. Biografía de un pensador salvaje (Henry David Thoreau. A Life of the Mind, 1987) de Robert Richardson, publicada por
Errata naturae. Y, después de eso, o al mismo tiempo, un profundo deseo de salir al campo a pasear y disfrutar de paisajes y colores. En la biografía de Richardson, inmensa en su minúscula cápsula de
tiempo y brillante en todos los sentidos, no sólo escuchamos el pensamiento de Thoreau, sino
también los chapoteos, revoloteos, zumbidos y vibraciones de los bosques de
Concord, donde el autor de Walden se retiró para meditar a sus anchas, aunque no estuvo solo. “Era
un placer y un privilegio pasear con él”, reconocerá Ralph Waldo Emerson —el
principal arquitecto del pensamiento americano—, en cuya finca de Walden,
junto a una laguna, Thoreau vivió en una cabaña durante dos años y dos meses. Las cuatro paredes, el
techo y el suelo de la cabaña fueron el santuario desde el que saldrían en procesión al mundo
sus cánticos a la naturaleza, como fuente de sosiego: “Dichoso es el hombre al
que cada día se le permite contemplar algo tan puro y sereno como el cielo de
poniente a la puesta de sol, mientras las revoluciones irritan el mundo”. Pocos
saben hoy que un rincón del Festival de Woodstock le rindió culto como si fuera el
verdadero amo de la creación. Sin embargo, Thoreau no creía en la vida divina;
creía que la muerte borraba al hombre, pero que el cuerpo seguía convertido en
abono para “el apetito voraz y la salud inviolable de la naturaleza”. Si es cierto,
Thoreau no está del todo muerto.
“Thoreau no estaba interesado en una religión que se
esforzase por redimir al hombre de este mundo, o elevarlo por encima de él.
Thoreau buscaba la claridad de la mente, no transporte extático; conocimiento,
no gracia. [...] Los cimientos para el sentido de la veneración que vemos en
Thoreau es su reconocimiento de que lo divino ha de hallarse en el mundo
natural”.
Robert Richardson, Thoreau. Biografía de un
pensador salvaje