martes, 1 de diciembre de 2020

Memoria y olvido

Por el espacio que los periódicos y las revistas les dedica, parece que las listas son el principal tema de interés cuando llega diciembre. Vivimos en una cultura que otorga un gran valor a las listas. En El infinito junco, la escritora y ensayista Irene Vallejo explica que: “Nos pasamos la vida haciendo listas, leyéndolas, memorizándolas, rompiéndolas, arrojándolas a la basura, tachando los objetivos cumplidos, aborreciéndolas y amándolas. Las mejores son las que conceden importancia a lo que enumeran y tratan de darle sentido. Las que acarician los detalles y la singularidad del mundo, impidiendo que perdamos de vista aquello que es valioso. Aunque ahora, en pleno bombardeo de fin de año, nos saturan tanto que apetece ponerlas en la lista negra”. No sé cómo encaja mi lista de libros favoritos de ficción y no ficción (de pretensiones mucho más modestas que la de los grandes rotativos nacionales) de 2020 en esta teoría, pero es cierto, hasta cierto punto. Las listas están hechas de memoria y olvido, más lo segundo que lo primero. Acaso porque, como escribió la legendaria editora de Vogue Diana Vreeland en sus memorias —tituladas con sus iniciales D.V., en un alarde más de economía que de prepotencia—: “Detesto la nostalgia. [...] No creo en nada anterior a la penicilina”. Les diré en lo que yo creo. Creo en la lectura, en la tarea de abandonarme, sustraerme, ausentarme, abismarme en esa dulce hendidura de un libro abierto entre las manos, con el corazón palpitándome en el pecho como si de un momento a otro fueran a cortar la luz.




Ficción


Mi gato Yugoslavia de Pajtim Statovci (Alianza)

GRM Brainfuck de Sibylle Berg (Alianza)

La vida lenta de Abdelá Taia (Cabaret Voltaire)

El club de Leonard Michaels (Malas tierras)

Otoño de Ali Smith (Nórdica)

Mi hermano de Afonso Reis Cabral (Acantilado)

En la Tierra somos fugazmente grandiosos de Ocean Vuong (Anagrama)

Quien sabe si mañana seguiremos aquí de Kim Young-Ha (Temas de hoy)

Mengele zoo de Gert Nygårdshaug (Capitán Swing)

10 El muro de John Lanchester (Anagrama)

11 El monstruo de la memoria de Yishai Sarid (Sigilo)

12 Himno de Ayn Rand (Deusto)






No Ficción


Cómo ser antirracista de Ibram X. Kendi (Rayo verde)

Hombres justos de Ivan Jablonka (Anagrama)

Blanco de Bret Easton Ellis (Literatura Random House)

D.V. de Diana Vreeland (Superflua)

Llamadme Ismael de Charles Olson (Siruela)

Hemingway en Otoño de Andrea di Robilant (Hatari Books)

Maternidad y creación de VV.AA. (Alba)

El arte de la crueldad de Maggie Nelson (Tres puntos)

9 Sontag de Benjamin Moser (Anagrama)

10 Cuando los inviernos eran inviernos de Bernd Brunner (Acantilado)

11 Los europeos de Orlando Figes (Taurus)

12 El piano soviético de Luca Ciammarughi (Scherzo & Antonio Machado Libros)





Cuentos


El hombre sin amor de Eduard Limónov (Fulgencio Pimentel)

Cuentos de Thomas Wolfe (Páginas de Espuma)

Relatos de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Anagrama)

El hombre ilustrado de Ray Bradbury (Minotauro)

Hija de sangre y otros relatos de Octavia Butler (Consonni)

Rotos de Don Winslow (Harper Collins)

Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras de Alicia Schrödinger (Siruela)

Viajeros. De Jonathan Swift a Alan Hollinghurst de AA.VV. (Alba)

Propiedad privada de Lionel Shriver (Anagrama)

10 Camino a Macondo de Gabriel García Márquez (Literatura Random House)

11 Narraciones románticas alemanas de VV.AA. (Galaxia Gutenberg)

12 Cuentos completos de Lorrie Moore (Seix Barral)



domingo, 22 de noviembre de 2020

Trabajos de amor codificados

Decía el poeta Constantino Cavafis que el deseo debe llevar siempre a la acción y en el caso de los artistas —léase las escritoras y escritores homosexuales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX—, esa acción ha de transformarse en una obra perdurable. Y todavía decía más: los deseos que “pasaron sin ser cumplidos” y no han sido satisfechos son como cadáveres de jóvenes vírgenes que no conocieron “el placer de un noche, o una mañana resplandeciente”. Hoy poco a poco vamos conociendo, a través del rescate literario de obras del canon homosexual que permanecían inéditas en España (Imre: una memoria íntima de Edward Prime-Stevenson, La tierra de los abetos puntiagudos de Sarah Orne Jewett, Alas de Mijaíl Kuzmín, Treinta y tres monstruos de Lidia Zinóvieva-Annibal, La fuente envenenada de Alberto Nin Frías), que esos deseos que “pasaron sin ser cumplidos” en realidad se cumplieron bajo la apariencia de una amistad íntima, calificada en muchas ocasiones de peligrosa. Es el caso de las protagonistas de las historias reunidas en la antología “Amigas”, Relatos de amor entre mujeres, del siglo XVIII al XX (Dos bigotes, 2020), edición al cuidado y traducción de Eva Gallud y Gloria Fortún, quien en el prólogo afirma haber “optado por entrecomillar la palabra ‘amigas’ en el título con el fin de invitar a lectoras y lectores a entrar en un juego de voluptuosidad, guiños y dobles sentidos, y así descubrir las estrategias de sus autoras a la hora de construir y de ocultar” su lesbianismo. No obstante, si bien esta condición sexual no estaba bien vista, tampoco estaba criminalizada como la homosexualidad masculina. Según el escritor y ensayista Alberto Mira: “En Occidente, el lesbianismo no ha sido en general penado por la ley. Uno de los casos más desternillantes, pero también más significativos, es el de la institucionalmente homófoba Gran Bretaña: en este país, la reina Victoria se negó a introducir la penalización del lesbianismo porque no creía que tales comportamientos fueran posibles”*. En la mayoría de los relatos de “Amigas”, salidos de la pluma de Mary Eleanor Wilkins Freeman (Dos amigas), Sarah Orne Jewett (Martha y su señora), Constance Fenimore Woolson (Felipa), Elizabeth Stuart Phelps (Desde mi muerte), Gertrude Stein (La señorita Piell y la señorita Cueero), Willa Cather (Tommy es poco sentimental), Kate Chopin (Lilas) y Alice Brown (Allí y aquí), entre otras, la amistad femenina es como una religión en la que creer o ante la que hincarse de rodillas, temiendo lo peor pero en cualquier caso necesitando el antídoto de la otra para superar el miedo, como Ruth Hollis, la protagonista de Allí y aquí: “Soy una cobarde y lo sabes, pero esta noche no tengo miedo. No habría creído que podrían convencerme para quedarme hasta esta hora en una casa desierta solo con tu dulce compañía para protegerme”. Ruth representa la heroína típica de tres siglos de amor entre mujeres, acostumbradas a la soledad y el silencio, abocadas a llevar una vida espiritual, o como escribió Emily Dickinson, esa “tímida vida de la evidencia” de la que huyeron las heroínas de Henry James poniendo rumbo a Europa. En cierto modo, los relatos reunidos en “Amigas” explican una historia genuinamente atemporal, que involucra tanto a mujeres como a hombres, a lesbianas como a homosexuales, a Capuletos como a Montescos, a Sharks como a Jets**: la de los trabajos de amor codificados. La clave para descodificarlos la proporciona Fortún en el prólogo: “Un texto es lésbico si quien lo lee decide leerlo como tal”.





“Gran parte de la vida es un terreno baldío que brilla tras la verdadera cosecha. Trocitos de impresiones, relámpagos de sentimiento, que quedan flotando en la memoria, y feliz es quien puede ajustarlos para que formen una especie de cuadro hecho con retales, cuando los días vuelven a estar vacíos”.


Alice Brown, Allí y aquí 

(De “Amigas”, Relatos de amor entre mujeres, del siglo XVIII al XX)



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(*) Para entendernos. Diccionario de cultura homosexual, gay y lésbica (Libros de la Tempestad, 1999).

(**) Los puertorriqueños Sharks y los americanos Jets son dos bandas rivales del West Side neoyorquino en la película West Side Story, dirigida por Robert Wise y Jerome Robbins. El conflicto surge cuando María, hermana del jefe de los Sharks, y Tony, ex miembro de los Jets, se enamoran.



domingo, 15 de noviembre de 2020

Yo he venido aquí a gritar

Es difícil acercarse a la novela  El monstruo de la memoria (מפלצת הזיכרון, su título en hebreo, 2017; Sigilo, 2020), donde el escritor Yishai Sarid (Tel Aviv, 1965) se muestra bastante crítico con la cultura de la memoria israelí sobre el Holocausto, sin proyectarle encima la sombra de todos los libros que se han escrito sobre el genocidio nazi* hasta la fecha. Dicho esto, hay que señalar que el principal desafío que tenía Sarid ante sí era encontrar su propia voz. Y vaya si la encontró. Una voz de rabiosa actualidad que denuncia la actitud contemporizadora hacia el drama experimentado por el pueblo de Israel durante la Segunda Guerra Mundial. En El monstruo de la memoria, Sarid reelabora el drama judío mediante una carta dirigida al presidente de Yad Vashem, la institución oficial israelí que mantiene viva en Jerusalén la memoria de las víctimas del Holocausto nazi. En esa misma carta, el narrador, un joven historiador recién casado que se gana la vida como guía turístico explicando y enseñando los campos de exterminio alemanes en Polonia a estudiantes israelíes, confiesa no sentir empatía por sus oyentes, actitud que le reprochan algunos de sus superiores: “Soy historiador, pensé, no trabajador social [...] Tenía que conmocionarlos. No podía seguir con nuestras comedidas explicaciones, tan deplorables, carentes de clamor”. No obstante, los lugares donde se llevó a cabo el exterminio de sus congéneres, los cuales recorre cada día, dejan una profunda huella en su compleja personalidad y marcan toda su existencia: “La historia de los que quedaron con vida es una nota marginal. La verdadera historia es la de los muertos inmediatos que no fueron constatados, que no fueron registrados ni tatuados. Venga, directamente a las cámaras. Estoy allí frente a los chicos, sobre la sala subterránea en la que se desnudaban las víctimas y que tiene el techo pelado, como la postilla de una herida que hubiera sido arrancada, y debajo ruge la podredumbre, y perpendicular a esa sala está la cámara de gas, un rectángulo inmenso. Todo sigue clamando, allí. Esos ladrillos nos gritan. ¿Cómo no lo veis? Ahí está mamá, ahí el abuelo, el nieto, por aquí se baja la escalera, ahí están los percheros, los bancos y los letreros que indican por dónde se va a las duchas. [...] Y yo no podía gritar todo eso, sino que tenía que limitarme a exponer los hechos, a presentarlos ante ellos con comedimiento, en medio de un duelo contenido”. En El monstruo de la memoria, el narrador parece hacer suyas las palabras de Diceópolis que, en Los acarnienses de Aristófanes, dice: “Yo he venido aquí a gritar, interrumpir y hacer chacota cada vez que un orador hable de algo que no sea la paz” o, como en su caso, la verdad en toda su dimensión real.




“¿Cuál es tu trabajo, papá?, me preguntó. Hubo un monstruo que mataba a la gente, dije. ¿Y tú estás luchando contra él?, se entusiasmó el niño. Ya está muerto, intenté explicarle, es el monstruo de la memoria”.


Yishai Sarid, El monstruo de la memoria



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(*) Un estudio reciente sobre el Holocausto eleva a entre 15 y 20 millones la cifra de judíos exterminados en los 980 campos de concentración nazis.



domingo, 8 de noviembre de 2020

La vida (o casi) después del Brexit

He leído muchas veces Historia de dos ciudades de Charles Dickens. Y su comienzo*, uno de los más célebres de su extensa obra, muchísimas veces más que la novela entera. Les cuento esto porque la escritora suiza de origen alemán Sibylle Berg en su última novela —la primera que se publica en España— GRM Brainfuck (GRM Brainfuck, 2019; Alianza, 2020), parece rendir homenaje a Dickens acorde con nuestro tiempo:  “El milenio empezó flojo. Ni efecto 2000. Ni una catástrofe. Los habitantes del mundo occidental se habrían alegrado de que tras los interminables y anodinos años noventa por fin pasara algo. Algo que no tuviera nada que ver con una crisis financiera que solo serviría como chute de emociones para los banqueros de inversión en esos últimos metros antes de que sus cuerpos fibrados chocasen contra el asfalto al tirarse por la ventana. [...] Era la época en la que Facebook se había hecho grande. [...] Era la época del bombardeo de fake news, de la manipulación masiva. [...] Era la época en la que a la crueldad real de la gente se le añadía también la virtual”. Aunque la novela está situada en Rochdale, una de las zonas más deprimidas de Manchester, la ambientación en Inglaterra no se debe a que fuera la patria de Dickens, sino a uno de los mayores escándalos sociales de los últimos años en Reino Unido: los abusos sexuales cometidos entre 2008 y 2012 por un grupo de adultos mayormente paquistaníes que violaron y torturaron a adolescentes blancas de clase baja en la ciudad de Rochdale. GRM: Brainfuck narra el clima de miedo de principios del siglo XXI, el auge de las redes sociales, la música grime (o GRM) —un subgénero parecido al hip hop— y la crisis de valores en todos los ámbitos de la vida, todo sucediendo a la vez en un futuro cercano en el que el Brexit** ya ha tenido lugar y el desprecio del capitalismo hacia los pobres se ha institucionalizado de una manera como no lo ha sido nunca antes: “Vagabundos, parados, incapacitados, enfermos, débiles, todos sin excepción tenían que cumplimentar detalladísimos, incompresibles y farragosísimos formularios sin sentido para recibir un subsidio de emergencia que les daba para cubrir las necesidades básicas. Esa parte inútil de la sociedad podía perder todas las ayudas por pequeños errores en los formularios, y ahí se quedaba. En sus rancios cuchitriles sin luz, sin calefacción, sin comida”. En GRM Brainfuck, Berg recurre a la distopía y la sátira mordaz para reflejar en paralelo la brutal realidad de Don (nombre de pila Donatella), Hannah, Karen y Peter, cuatro pubescentes, entre los 8 y los 12 años, que viven en la más absoluta pobreza —con padres y madres ausentes o muertos, o ambas cosas—, deseando que “alguien los abrazara, aunque sabían que no soportarían el abrazo”. Niños y niñas para los que “morirse tenía que ser más cómodo que seguir viviendo”. Cuesta imaginar que hay mundos y vidas cuya realidad no tiene nada que ver con los que nosotros conocemos, pero “te lo tienes que imaginar como si te hubieras metido drogas”, como le dice al final de la novela Karen a Don. GRM Brainfuck no es una novela contra los padres, contra el futuro, contra las ilusiones, contra el neoliberalismo, en realidad es como si Oliver Twist hubiera sido reescrita por George Orwell siguiendo los consejos de Franz Kafka: “Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un golpe en la cabeza, ¿para qué lo estamos leyendo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Dios mío, seríamos felices precisamente si no tuviéramos libros, y el tipo de libros que nos hacen felices son el tipo que escribiríamos nosotros si tuviéramos que hacerlo. Pero necesitamos libros que nos afecten como un desastre, que nos duelan profundamente como la muerte de alguien que quisimos más que a nosotros mismos, como estar desterrados en los bosques más remotos, como un suicidio***”.



“Don ya no era un apéndice de sus padres, sino una persona autónoma. Ya no tenía miedo cuando su madre no estaba, no buscaba su cara por todas partes cuando sentía los primeros signos de malestar, ya no se preguntaba cómo hacerla feliz de una vez por todas. En pocas palabras, ya no se calentaba la cabeza pensando en qué debería esforzarse para que por fin la quisieran. Le iba mejor sin esa absoluta dependencia emocional. [...] Lo que pasaba es que nadie le preguntaba, era tan pequeña que los adultos no la consideraban una persona. Pero ya lo tenía todo: los sentimientos, los pensamientos, la soledad. Solo que aún no tenía compartimentos claros para ordenar todo lo que llevaba dentro”.


Sibylle Berg, GRM Brainfuck



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(*) “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”. 

(**) Otra de las grandes novelas sobre el Brexit, Otoño (Autumn, 2016; Nórdica, 2020) de Ali Smith comienza también parafraseando a Dickens: “Era el peor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Otra vez”.

(***) Carta de Franz Kafka a Oskar Pollak, 1904.



lunes, 2 de noviembre de 2020

Un nadador solitario en el mar secreto de la literatura

Si algo distingue la primera novela publicada en España de Afonso Reis Cabral, Mi hermano (O Meu Irmão, 2014; Acantilado, 2020), es la honestidad brutal con la que el escritor portugués narra el viaje de dos hermanos —un profesor universitario divorciado que asume la tarea de cuidar de su hermano Miguel, un hombre de 40 años con síndrome de Down— al pueblo donde dieron sus primeros pasos, aunque nada prepara realmente al lector para la historia que se cuenta en sus páginas, no aptas para los corazones impresionables. Ya de entrada, el lugar donde transcurre la acción es la personificación del infierno en la tierra, o su prólogo, o su coda. “Esto va a pasar en el Tojal”, dice el narrador del que nunca llegamos a conocer su nombre. “El Tojal está cerca de Arouca y lejos de todas partes. [...] Esta zona de Portugal está hecha de esquisto y hasta el ruido de los pasos hiere. Es duro vivir aquí agarrado a un minúsculo pedazo de tierra, a ver si da algo para comer. Y la gente se entrega, lo da todo de sí misma con la azada en el campo. De alguna manera, la piedra se vuelve fértil y de vez en cuando recompensa con algo”. El lector que quiera adentrarse en la novela de Reis Cabral, en la que el autor parece haber volcado emociones, impresiones, sacudidas íntimas*, ha de hacerlo como buenamente pueda, pues aquí no sirven de nada las herramientas de descodificación convencionales. Antes bien, haría falta liberar la mirada de automatismos y repensar la manera en que interpretamos lo que vemos a través de los ojos del narrador, el cual es incapaz de disimular los celos que le genera ese hermano discapacitado que “tiene todas las disculpas del mundo, que lo comprimió dentro de sí mismo”. El conflicto —externo e interno— del narrador con su hermano es el motor de esta novela que poco a poco nos introduce en un universo de relaciones humanas truncadas, descompuesto en partículas aceleradas que amenazan con convertirse en un huracán de categoría cinco. En Mi hermano, el lector asiste como espectador, pero también como testigo —de cargo—, a un proceso de desintegración familiar, pero además y sobre todo social, pese a la terca resistencia del pueblo del Tojal a extinguirse, a hacerse a un lado para que lo suplante algo mucho peor, más oscuro y perverso. Si no lo ha hecho ya. Mi hermano no acepta clasificaciones fáciles. Reis Cabral crea su propio género, su propio estilo, como buen heredero de su estirpe**. Todo añejado con una caligrafía que parece escrita con una pluma empapada en sangre. Decía Thomas Jefferson que “en materia de estilo, nada con la corriente”. Es muy posible que Mi hermano sea, en materia de estilo, un nadador solitario en el mar secreto de la literatura, aunque más auténtico. Cada nueva brazada lleva a amarlo más.





“Yo había nacido inteligente y perfecto, él había nacido inimputable e incompleto. Siendo hermanos, no podíamos haber nacido en lados más diferentes de la vida y, aun así, uno de nosotros había conquistado el centro de la vida y el otro no. Miguel había abdicado de todos los dones antes de nacer y por eso había conquistado el paraíso en la tierra y Dios lo llevaba de la mano, aceptando lo que él ofrecía. Creció como un ángel herido, en expresión de nuestro padre. Y yo añado: había crecido como un ángel herido y no lo sabía. Le bastaba con existir para existir bien, en paz”.


Afonso Reis Cabral, Mi hermano



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(*) Afonso Reis Cabral tiene un hermano con síndrome de Down, Martim, sólo un año menor que él. 

(**) El autor es bisnieto de José Maria de Eça de Queirós (1845-1900).



domingo, 25 de octubre de 2020

El chico imposible

Si nos olvidamos por un momento de sus tres libros anteriores publicados en España por la editorial Blackie Books (Crezco, Lolito y Hurra), la última novela de Ben Brooks, La historia imposible de Sebastian Cole (The Impossible Boy, 2019; Blackie Books, 2020), no deja de ser una entretenida obra juvenil que bebe tanto de Matilda de Roald Dahl como del humor satírico, surrealista y paródico de la inagotable serie de novelas de David Walliams encabezadas con el antetítulo La increíble historia de...*. Al igual que en sus anteriores libros, en La historia imposible de Sebastian Cole los adultos se comportan como niños, como “alguien que se viese de repente en un cuerpo demasiado grande como para saber manejarlo”. Dicho esto, no hay ninguna necesidad de seguir hablando de esta novela protagonizada por Oleg y Emma, dos amigos de sexto de primaria que, para llenar el vacío que ha dejado en sus vidas una compañera de clase que se ha mudado a las afueras, deciden inventarse un amigo ficticio llamado Sebastian Cole. Ni que decir tiene que La historia imposible de Sebastian Cole está a años luz de su novela debut, Crezco (Grow up, 2011), escrita a los 19 años, y no digamos ya de su novela de licenciatura —en precocidad sexual— Lolito (Lolito, 2014), que vino a confirmar lo que ya suponíamos, que Brooks más que británico (de Gloucester, en el suroeste de Inglaterra) había llegado de los anillos de Saturno. Sólo así se entiende el arrojo con el que el autor toma por asalto el clásico de Nabokov para —celebrarlo, sí, pero también— darle la vuelta como a un calcetín viejo. El protagonista de Lolito es un adolescente inglés de 15 años, Etgar Allison, que mantiene un breve encuentro sexual con una mujer escocesa de 46 años, Marcy Anderson, a la que ha conocido a través de Internet después de romper con su novia de toda la vida, Alice: “Estuvimos juntos mil treinta y siete días. Los acabo de contar. Son muchos días. En este tiempo te salieron las tetas, mi polla se volvió de un color como marrón y los dos crecimos y nos presentamos a los exámenes. Creo que esto significa que cuando salgamos con otra gente será diferente. [...] Por eso en las películas la gente dice ‘seamos amigos’ cuando rompen. No creo que debamos ser amigos porque te he visto el coño y sería raro. Cuando se me olvide cómo es podremos ser amigos, pero a lo mejor entonces ya seremos viejos. A lo mejor tenemos cafeteras exprés. No quiero una cafetera exprés, Alice”. En La historia imposible de Sebastian Cole, el lector echa de menos la sinceridad de Etgar, las brutales inseguridades de Jasper (Crezco), el toque de cruda realidad de Hurra, pero sobre todo echa de menos a Ben Brooks, el verdadero chico imposible. 





“—He estado fuera tres días y ni siquiera te has dado cuenta.

—¿Cómo? ¿Dónde has estado?

—Eso da igual. Lo que importa es que si te olvidas de la gente, desaparece. Los metes en una habitación donde nadie los recuerda y es como si nunca hubiesen existido”.


Ben Brooks, La historia imposible de Sebastian Cole 



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(*) En España la serie La increíble historia de... está publicada por Montena: El monstruo del Buckingham Palace (2020), La cosa más rara del mundo (2019), El gigante alucinante (2019), El papá bandido (2018), Los amigos de medianoche (2017), La gran fuga del abuelo (2016), El mago del balón (2014).


domingo, 18 de octubre de 2020

Sin los ojos de fuera

Decía Joan Pons, crítico musical y guionista del programa Sputnik del Canal 33, que “sin los ojos de fuera, sin que nadie los fabule incluso antes de verlos, todos los lugares están incompletos”. La impresión habitual que produce Marte, ese pequeño astro que en el imaginario común se conoce con el nombre de Planeta rojo, es el de habitar un presente continuo que es un tiempo infinito. Su historia tiene la consistencia de una minúscula hebra de hilo que se hubiera desprendido de un vasto tapiz del que no se conserva memoria alguna, lo que ha hecho que se haya disparado la imaginación de científicos y escritores a lo largo de los dos últimos siglos. No obstante, el exiguo pasado del que se tiene constancia —la superficie del planeta conserva las huellas de grandes cataclismos— no es nada comparado con el futuro que tiene por delante, y que algunos escritores de ciencia-ficción se apresuraron a contar enseguida, como Edgar Rice Burroughs (Una princesa de Marte), Ray Bradbury (Crónicas marcianas), Frederik Pohl (Homo Plus), Philip K. Dick (Tiempo de Marte) o Kim Stanley Robinson, de quien la editorial Minotauro acaba de reeditar Marte rojo (Red Mars, 1992), primer volumen de la Trilogía de Marte, galardonada con los premios Nébula y Hugo. La novela de Robinson narra la historia de los primeros cien colonos de diferentes países, enfrentados por dos concepciones de Marte incompatibles: la que pugna por salvaguardar la belleza salvaje y abrupta del planeta, y la que pretende transformarlo a imagen y semejanza de la Tierra. Burroughs, Bradbury, Pohl, Dick y Robinson no son los únicos autores que han fabulado sobre el planeta rojo. La literatura marciana ha encontrado en la poetisa Tracy K. Smith, autora de Vida en Marte (Life of Mars, 2011; Vaso roto, 2013) por la que ganó el Premio Pulitzer de poesía en 2012, a una nueva abanderada. El padre de Smith, fallecido en 2008, era ingeniero en el telescopio espacial Hubble, por lo que pasó casi toda su vida observando el cielo, ese cielo que: “Oculta algo elemental. No a Dios, exactamente. Más bien / algún escuálido con el rutilante espíritu de Bowie—Starman / o un as cósmico que se debate, se tambalea y sufre para que podamos ver. / ¿Y qué haríamos nosotros, tú y yo, si pudiéramos saber con seguridad / que alguien estaba allí con los ojos entornados por el polvo, / diciendo que nada está perdido, que todo vive tan solo esperando / volver a ser querido lo suficiente?”. ¿Queremos a la Tierra lo suficiente? ¿Nos queremos a nosotros mismos lo suficiente? Si hay algo que hace de la ciencia-ficción un género cada vez más en auge, no es su visión anticipada del futuro hacia el que nos dirigimos, sino su capacidad para reflejar en sus márgenes nuestro abrupto e incierto presente.




“—¡Lo único que digo es que hemos venido a Marte para siempre! —exclamó Arkadi, mirándola con ojos desorbitados—. Vamos a hacer no solo nuestros hogares y nuestra comida, sino también nuestra agua y el aire mismo que respiramos… todo en un planeta donde faltan esas cosas. Podemos hacerlo; tenemos una tecnología que manipula la materia hasta el nivel molecular. ¡Una capacidad de verdad extraordinaria! Y, sin embargo, algunos de los que están aquí pueden aceptar transformar la total realidad física de este planeta sin intentar cambiarnos a nosotros mismos o nuestra manera de vivir. Somos científicos del siglo veintiuno en Marte, pero, al mismo tiempo, vivimos dentro de un sistema social del siglo diecinueve, basado en las ideologías del siglo diecisiete. Es absurdo, es disparatado, es… es… —Se agarró la cabeza con las manos, rugió:— ¡No es científico! Y digo que entre todas las cosas que transformaremos en Marte, tendríamos que estar nosotros y nuestra realidad social. No solo hemos de terraformar Marte; tenemos que terraformarnos nosotros mismos”.


Kim Stanley Robinson, Marte rojo 




lunes, 12 de octubre de 2020

Blanco, amarillo, limpio

Es inaudita la cantidad de metáforas demoledoras que Leonard Michaels vierte sobre la institución matrimonial en su novela debut que permanecía inédita en nuestro país, El club (The Men’s Club, 1981,1993; Malas tierras, 2020). Ambrose Bierce dijo una ocasión acerca de la gratitud que se trataba del “sentimiento que se encuentra a medio camino entre un favor recibido y un favor esperado”. Que nadie espere una palabra de gratitud en las historias que un grupo de hombres, de clase media alta, heterosexuales, con estudios, urbanitas —un psicoanalista, un abogado, un médico, un ex jugador de baloncesto, un contable, un profesor universitario— se cuentan unos a otros sobre sus respectivos matrimonios durante una larga noche que termina en una batalla campal. Es imposible hablar de uno de los procedimientos clásicos de la literatura universal —la recopilación de historias enlazadas por una idea central— sin citar a Chaucer y sus Cuentos de Canterbury*, pero Chaucer no llegó tan lejos como lo hace Michaels en El club, donde plasma en una colección de sketches** la ironía de la vida sexual y la infidelidad conyugal estadounidenses, aunque vale para cualquier país del planeta. Uno de los hombres del club, Cavanaugh, está obsesionado con follar con cuantas mujeres mejor, pero siempre vuelve a casa después de hacerlo: “No veo el momento de llegar. La cena está lista, los niños están bañados y esperándome. Hay un jarrón de margaritas en el centro de la mesa. Hay leche para los niños. Como si nada hubiera pasado. Eso es, así es y así tendría que ser. Blanco, amarillo, limpio. Hasta el gato parece feliz”. Pero esto no es más que un espejismo, como se encarga de recordarle, cuando se lleva el tenedor a la boca, “una bocanada de coño porque hace veinte minutos estaba follando como loco calle abajo. Me he restregado bien, pero ahí está”. En El club, Michaels demuestra poseer un don especial para señalar el momento exacto en el que un matrimonio —la historia de su matrimonio la contó en su segunda novela Sylvia (Sylvia, 1990; Libros del Asteroide, 2017)— se quiebra como una rama seca y cualquier deseo o esperanza se transforma en un sanguinolento amasijo de culpa, vergüenza, violencia y pérdida. La visión que Michaels da de estos hombres confundidos, desesperados o frustrados, que se preguntan constantemente “¿cómo debo sentirme?” tiene algo de Apocalipsis, de pérdida objetiva de privilegios como resultado de una nueva visión feminista. Un libro tan actual hoy como hace cuarenta años.




“Volví a pensar en las mujeres. Ira, identidad, política, derechos, injusticias. Las envidiaba. Parecía interesante formar parte de un colectivo en desventaja de nuestra sociedad. Las desventajas te dan algo por lo que luchar, te hacen moralmente superior, te dan seguridad. ¿Qué nos quedaba a los hombres hoy día? Ya lo tenían todo”.


Leonard Michaels, El club 



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(*) Uno de los hombres del club se apellida Canterbury.

(**) La novela fue llevada al cine en 1986 por Peter Medak, con el mimo título (en España se rebautizó como Secretos indiscretos) y con guión del propio Michaels. 



sábado, 10 de octubre de 2020

Glu glu glu glu (Glück)

El Premio Nobel de Literatura de 2020 ha recaído en la poetisa estadounidense Louise Glück. Como dice el dicho: “Mi gozo en un pozo”. O si lo prefieren, mi gozo hizo glu glu glu glu. Pues mi favorita —y la de muchos— era la poetisa canadiense en lengua inglesa Anne Carson. Se sabe que a la Academia Sueca no le gusta ser segundo plato, de ahí que el Premio Princesa de Asturias de las Letras de 2020 concedido a Anne Carson en junio de este año haya hecho que sus miembros se decantasen a regañadientes por Louise Glück. Lo de Carson no es nuevo, le sucedió a Arthur Miller, Claudio Magris, Paul Auster, Amos Oz, Margaret Atwood, Ismael Kadaré, Amin Maalouf, Leonard Cohen y Philip Roth, entre otros, que vieron cómo sus candidaturas al Premio Nobel de Literatura caían en saco roto tan pronto como la Fundación Princesa de Asturias (Príncipe de Asturias hasta 2014) les otorgó su premio anual*. Carson no tiene el Nobel —ellos se lo pierden—, pero tiene el reconocimiento de sus lectores, que somos muchos. Cualquiera que haya leído alguno de los libros de poesía de Carson, en especial Autobiografía de Rojo (Autobiography of Red, 1998; Pre-Textos, 2016), Hombres en sus horas libres (Men in the Off Hours, 2000; Pre-Textos, 2007) y La belleza del marido (The Beauty of the Husband; 2001; Lumen, 2003), sabe que no se trata sólo de poesía: casi se podría decir que Carson funde edades históricas a través de la sensibilidad y la épica de sus composiciones —a veces ensayos narrativos o novelas en verso—, que atraviesan océanos de tiempo, bañadas en una estética ancestral, pero revelándose a la vez absolutamente contemporáneas y ancladas al presente. El resultado, como escribe el traductor Andreu Jaume en el prólogo de La belleza del marido, es una “obra ecléctica, mezcla de ensayo, narración y verso, [que] ha tensado los límites de la poesía e incluso del libro”. Demasiado para una Academia (la sueca, pero ya que estamos, la estadounidense también, donde ni siquiera figura Louise Glück) que después de los últimos escándalos de filtraciones y abusos sexuales ha terminado por abrazar el conservadurismo frente a la reinvención.




“No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.

Como volvería a amarlo si se acerca.

 La belleza convence. Ya sabes que la belleza hace posible el sexo.

La belleza hace el sexo sexo”.


Anne Carson, La belleza del marido 



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(*) La única excepción fue la escritora británica Doris Lessing, que obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2001 y el Premio Nobel de Literatura en 2007. Por utilizar un símil futbolístico, el galardón español le costó a la autora de El cuaderno dorado estar seis años sentada en el banquillo de los nobelables hasta cumplir los 88 años. Aunque también hicieron doblete Mario Vargas Llosa (Príncipe de Asturias en 1986 y Premio Nobel en 2010) y Camilo José Cela (Príncipe de Asturias en 1987 y Premio Nobel en 1989), en realidad no cuentan porque en el pasado siglo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras tenía por norma no escrita galardonar únicamente a autores de habla hispana.




domingo, 6 de septiembre de 2020

Made in Gaia

Fui propietario, hace ya mucho tiempo, de un ejemplar de Papillon de Henri Charrière, autografiado por el autor. El libro estaba en francés —idioma que no hablo ni leo por cierto—, pero me hacía ilusión tenerlo en mi biblioteca porque había disfrutado leyendo la versión española realizada por Domingo Pruna y Vicente Villacampa para la editorial Plaza & Janés en 1972. Yo entonces tenía once años y mi recuerdo de su lectura es el de una novela trepidante, una historia de acción y aventuras basada en las experiencias del autor en las cárceles de la Guayana francesa. Charrière no había pensado en escribir sus aventuras hasta que en 1967 descubrió El astrálago de Albertine Sarrazin —muerta ese mismo año en una mesa de operaciones de un hospital de Montpellier— en una librería de Caracas. Tres días después de terminar el libro se sentó a escribir y escribió, escribió y escribió, hasta completar en un año los trece cuadernos —libretas escolares, con espiral— de Papillon, cuyo título en francés significa mariposa. Viene todo esto a cuento porque he leído de un tirón la novela Mengele zoo (Mengele Zoo, 1989; Nórdica Libros/Capitán Swing, 2020), del escritor noruego Gert Nygårdshaug, y sólo después de volver la última página y de hacer memoria, he caído en la cuenta de que ambas novelas comparten elementos similares —el infierno de las cárceles en América Latina—, pero sobre todo fueron transgresoras para la época en que fueron escritas. Ya el título de la novela de Nygårdshaug, Mengele zoo, nos adelanta el tipo de historia que vamos a encontrar, pues el nombre de Josef Mengele —el llamado “ángel de la muerte” nazi que murió en Brasil en 1979 sin rendir cuentas con la justicia— continúa siendo hoy sinónimo de barbarie y locura. La novela tiene como protagonista a Mino Aquiles Portoguesa, un niño que vive en la profundidad de la selva amazónica. Le gustan las especies de mariposas raras y singulares, los aromas, los sonidos, en una palabra, la diversidad de vida en la naturaleza, la cual ve cómo cada día retrocede más ante el avance de las empresas petroleras que ejercen su violencia no sólo contra la jungla, sino también contra sus habitantes. Un día, al regresar de cazar mariposas, se encuentra a su familia y a sus amigos masacrados. Tiempo después, Mino se convierte en mago —aquí Nygårdshaug entra en los terrenos del realismo mágico bien entendido, que no cae nunca en el exceso— y crece con una sed insaciable de venganza. A la cabeza de un grupo guerrillero que hoy llamaríamos terrorista, Grupo Mariposa, Mino sale al mundo y esparce el terror para concienciar a la sociedad sobre un problema que no sólo atañe a la Amazonía sino a todo el planeta, en grave peligro por la intervención del hombre. Leída hoy, treinta y un año después de su publicación, Mengele zoo certifica que aquel debut en la novela ecológica fue el inicio de una de las pentalogías* —extremistas o no; que cada uno decida— más osadas de nuestro tiempo.




“Si Mino contemplaba una hermosa peperomia abrazando en preciosos arcos de hojas verdes tronco abajo un árbol madre en la jungla, que cuidadosa había anclado sus raíces arriba, entre las ramas, evitando sombras y humedad, y que podía desplegar sus pétalos en pleno esplendor en el preciso momento en el que las abejas la rondaban, debía haber detrás una voluntad atenta y sensible que él no podía entender que careciera de valor en comparación a todas las actividades humanas del mundo. Arrancar una peperomia de su rama y pisotearla era un acto más brutal que cortarles la cabeza a una docena de gringos. Desde el punto de vista del planeta. Gaia. La madre”.


Gert Nygårdshaug, Mengele zoo 




(*) A la publicación original de Mengele zoo en 1989, siguieron las novelas Himmelblomsttreets muligheter (1995), Afrodites basseng (2003), Chimera (2011) y Zoo Europa (2018), inéditas en España.



miércoles, 2 de septiembre de 2020

Los cuentos mejoran a las personas

No me pregunten por qué, pero España no es país para cuentos, o si lo prefieren, no tienen aquí el status que tienen en Estados Unidos o Gran Bretaña, donde el cuento es el género rey, con la salvedad de que la corona se la disputan hombres y mujeres por igual: Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Jack London, Sherwood Anderson, Ernest Hemingway, William Faulkner, Ray Bradbury, John Cheever, Truman Capote, J.D. Salinger, William Saroyan, Charles Bukowski, Raymond Carver, Leonard Michaels, Barry Hannah, Donald Barthelme, Tobías Wolff, Richard Ford, Chris Offutt, Willa Cather, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Dorothy Parker, Katherine Mansfield, Sylvia Plath, Angela Carter, Mavis Gallant, Alice Munro, Grace Paley, Lorrie Moore, Joy Williams, Ann Beattie, Amy Hempell y Helen Oyeyemi, por citar sólo algunos nombres. A este excelso grupo pertenece Ali Smith (Inverness, 1962), autora poco conocida aún en nuestro país pese a tener publicados cuatro libros: Hotel World (Hotel World, 2001; Alfaguara, 2004), Accidental (The Accidental, 2005; Alfaguara, 2007) y dos antologías de relatos, Amor libre (Free Love and Other Stories, 1995; Gatopardo ediciones, 2017), y, más recientemente, La historia universal (The Whole Story and Other Stories, 2003, Nórdica Libros, 2019), que suman entre uno y otro casi una treintena de cuentos liberados de ataduras narrativas o de género, que hacen que el lector nunca tenga muy claro el terreno que pisa. Y es que Ali Smith es ya de por sí un género en sí misma. No hay nadie que se le parezca. Sus cuentos no se dejan descifrar a la primera y están abiertos a tantas lecturas que da vértigo. Pero que nadie se equivoque: eso los hace más auténticos. Como Alicia cuando cae por el hueco del árbol, Smith ha ido perforando las capas de la realidad a lo largo de los últimos veinticinco años hasta asomar la cabeza por el otro lado. En La historia universal, nada más abrir el cofre —aquí cada línea vale oro— smithniano nos recibe una suerte de cuento tradicional que paradójicamente trastoca las convenciones establecidas de los cuentos tradicionales: “Érase una vez un hombre que moraba junto a un camposanto. Pero no, no siempre fue un hombre; en este caso en concreto, se trataba de una mujer. Érase una vez una mujer que moraba junto a un camposanto. Aunque, francamente, hoy en día nadie usa ese término. Ahora se le llama ‘cementerio’. Y ya nadie dice ‘moraba’. En otras palabras: Había una vez una mujer que vivía junto a un cementerio. Todas las mañanas, al levantarse, miraba por la ventana trasera y veía... La verdad es que no. Había una mujer que vivía junto... —no, en— una librería de segunda mano”. Tras este fulgurante comienzo, el asombro no de cae. El goce, tampoco. Si tuviera que elegir un solo cuento de este libro para leerlo durante toda la vida, sin duda elegiría Mayo. El cuento tiene como protagonista a una mujer que no tiene reparos en narrar cómo se enamoró de un árbol que crece a la vuelta de la esquina de su casa: “Os lo cuento. Me enamoré de un árbol. Era inevitable. Estaba en flor”. Esperemos que con La historia universal la autora escocesa obtenga —al menos en España— la atención que se merece*. Porque, sépanlo, los cuentos de Ali Smith mejoran a las personas.






“Parece que los veranos vuelven una y otra vez sin envejecer, tersos y repetitivos, otra vez verano, pero en realidad envejecen tan irremediablemente como un viejo vinilo en el tocadiscos, o quizá como cuando sacamos el vinilo del tocadiscos y lo arrojamos al canal en un día apacible como el de hoy y luego nos quedamos mirando la superficie, donde no hay nada que indique que algo ha resbalado por encima o se ha hundido por debajo o ha ocurrido siquiera”.


Ali Smith, La historia universal (De El club de lectura)



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(*) Nórdica Libros anuncia para el mes de octubre la publicación de un nuevo libro de Ali Smith, Otoño (Autumn, 2016), el primero de un cuarteto dedicado a las cuatro estaciones.