El día que Paolo
Cognetti publicó El muchacho silvestre (Il ragazzo selvatico. Quaderno di montagna, 2013; Minúscula, 2017), ya quedó claro que lo suyo
no podía consistir solo en poner negro sobre blanco. El
libro me impactó como una piedra que no ves venir. Se trataba de un diario, una autobiografía explícita y
ratificada por el propio Cognetti en varias entrevistas, donde el autor
italiano cuenta su decisión de abandonar su ciudad natal, Milán, ahogada por la
crisis económica, e irse a vivir una temporada al Valle de Aosta, situado en la
Italia noroccidental, limitando al norte con Suiza y al este y sur con el
Piamonte, donde están las montañas más espectaculares y los glaciares más
grandes de Italia. En su nuevo libro, Las ocho montañas (Le otto montagne,
2017; Literatura Random House, 2018), planteado esta vez de manera ambigua
entre lo verídico y lo ficcional, Cognetti se vuelve a poner las botas de
montaña para proseguir su huida hacia cumbres más altas y severas: las
Dolomitas. Una de las cosas que más sorprenden tras leer varías críticas de
este libro, galardonado con el Premio Strega y el Premio Médicis a la mejor
novela extranjera en Francia, es que sea descrito como una novela ecologista
sobre las relaciones de los seres humanos con la naturaleza o el paisaje: “Sois
vosotros, los de la ciudad, los que la llamáis ‘naturaleza’. Es tan abstracta
en vuestra cabeza que también el nombre es abstracto. Nosotros decimos
‘bosque’, ‘prado’, torrente’, ‘roca’, cosas que uno puede señalar con el dedo”.
A parte de cumplir tal función, la mirada de Cognetti en Las ocho montañas va más allá, enjaezando
un relato extemporáneo, tan vigente hace un siglo como en la actualidad, sobre
la verdadera naturaleza de las emociones aflictivas entre padres e hijos y la
manera en que éstos se ven afectados por ellas. La crisis vital que arrastra a
Giovanni Guasti, el padre del protagonista, a un callejón sin salida donde se
amontonan sus sueños rotos es la misma fuerza que empuja a su hijo Pietro a
buscar su destino en las montañas con la ayuda de su amigo de la infancia,
Bruno Guglielmina. Tan idílico como desgarrador, este absorbente y magnético
relato iniciático se mueve entre las más bellas formas poéticas y la crudeza de
las narraciones entorno a la conquista de las cimas del mundo. ¿Novela
ecológica? ¿Novela generacional? ¿Autoficción? Es difícil quedarse con una
etiqueta que haga justicia a Las ocho montañas. Sin duda una de las cimas de la literatura
italiana de lo que llevamos de siglo XXI.
“Todas
las cosas, para un pez de río, llegan del monte: insectos, ramas, hojas,
cualquier cosa. Por eso mira hacia arriba a la espera de lo que ha de llegar.
Si el punto en el que te sumerges en un río es el presente, pensé, entonces el
pasado es el agua que te ha adelantado, la que va hacia abajo y donde ya no hay
nada para ti, mientras que el futuro es el agua que desciende desde arriba,
trayendo peligros y sorpresas. El pasado está río abajo; el futuro, río arriba.
[...] Sea lo que sea el destino, habita en las montañas que tenemos sobre la
cabeza”.
Paolo Cognetti, Las ocho montañas