domingo, 27 de septiembre de 2020

El hijo bastardo de Frida Kahlo

Imaginen desplegado sobre una mesa amplia un árbol genealógico donde cruzan sus ramas los personajes de El buen pastor de Murillo, Edipo y la esfinge de Ingres, Las grandes bañistas de Cézanne, La habitación de Balthus, Agnus Dei de Zurbarán, La maja desnuda de Goya, Las meninas de Velázquez, El jardín de las delicias de El Bosco, Atalanta e Hipómenes de Guido Reni, Paisaje con río y bañistas de Carracci, El paso de la laguna Estigia de Patinir, Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga de Gisbert, Doña Juana la Loca de Pradilla y Ortiz, Ticio de José de Ribera, Dos adolescentes de Dalí, Hallazgo del cuerpo de San Marcos de Tintoretto, Martirio de Santa Inés de Masip, La lechera de Vermeer, Ofrenda a Venus de Tiziano, Judith y Holofernes de Caravaggio, La caída de los ángeles rebeldes de Brueghel, Moisés o el núcleo solar de Frida Kahlo, La estrella de Degas, Niños en la playa de Sorolla, Baile en el Moulin de la Galette de Renoir, El cumpleaños de Chagall o Los desposorios de la Virgen de Perugino. No lo imaginen; existe y se llama Emilio y Octubre (Dos bigotes, 2020). La primera novela de David Uclés* tiene varios factores a su favor. Uno, que no se ajusta a los cánones narrativos habituales —o industriales, que para el caso es lo mismo—; y dos, que su atractivo radica precisamente en eso: no es estándar, no es monótona, es enigmática, esquiva, difícil de identificar al vuelo y sobre todo original. Esto es algo que el lector descubre poco a poco. Cuadro a cuadro. Y con esto no me refiero a las partes breves en las que puede dividirse una obra teatral, sino a las pinturas de las que el autor se sirve para hacer avanzar la historia de amor entre Emilio y Octubre, narrada desde el nacimiento del primero hasta la muerte del segundo. El primer encuentro tiene lugar en el Museo del Prado, delante del cuadro La infanta doña Margarita de Austria de Martínez del Mazo. Trece años después volverán a encontrarse en una pinacoteca, pero esta vez dentro del lienzo tridimensionado de El paso de la laguna Estigia de Patinir. Emilio y Octubre comienza describiendo con un lenguaje sencillo, poético e imaginativo la vida de dos jóvenes predestinados a encontrarse sin importar el tiempo —el tiempo se toma aquí su tiempo, 104 años, año arriba, año abajo, para unir y desunir y volver a unir a los protagonistas—, el lugar o las circunstancias, en una novela tan compleja como extraña. Parte de la rareza proviene del ámbito pictórico: ésta es una novela en la que los cuadros de todos los tamaños y colores y épocas funcionan como máquinas del tiempo, y, sí, también para estirar el tiempo cuando se está con la persona amada. Quién necesita del DeLorean de Regreso al futuro o de la cabina telefónica del Doctor Who, cuando se tiene el cuadro Los desposorios de la Virgen de Perugino, en el que un buen día desaparece Emilio para desesperación de Octubre. En el corazón de la novela hay una exigencia —acaso un reproche— de retratar el amor homosexual rehuyendo clichés y estereotipos y abrazando las formas del realismo mágico. Pocos escritores se han entregado a este objetivo con tanta determinación como Uclés, algo así como el hijo bastardo que podrían haber tenido Gabriel García Márquez y Frida Kahlo. Emilio y Octubre consigue lo que consiguen los grandes libros: sus personajes permanecen en nuestra memoria durante mucho tiempo después de haberlo leído, negándose a abandonarnos.





“Podría Emilio encender una lámpara y disfrutar de la pintura durante más de los veintiún segundos que vive el fósforo; no obstante, prefiere aprender a saborear esos instantes: No hay que alargar los momentos. El tiempo, cuando se alarga, deprecia la belleza”.


David Uclés, Emilio y Octubre 


____

(*) El escritor jienense tiene un libro anterior publicado por la Universidad Complutense de Madrid, El llanto del león, que obtuvo el Premio Complutense de Literatura 2019, pero se trata de una novela dialogada, parecida a un guión de teatro, con escasos fragmentos de narración, en el que aparece por primera vez el nombre de Octubre en boca de su protagonista, Josué, un niño cuyo padre padece una enfermedad en fase avanzada: “He decidido que no quiero ir al cielo. Quiero que se me aparezca Dios y pedirle que se quede papá aquí. Mira, a cambio le prometo que no tendré hijos ni me casaré. [...] Iba a tener un hijo y lo iba a llamar Octubre, pero da igual” (El llanto del león, pág. 22).